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Las muchas vidas de la atleta María Luisa González Ortiz

Con cincuenta años empezó a competir en atletismo y consiguió más de doscientas medallas y varios récords de España “Es que se van los años, no lo entiendo, se van tan rápido”, dice María Luisa González. Hay vidas que parecen empezar más de una vez y a contracorriente. La suya, hoy con 93 años, es una de ellas. Pasó décadas ocupándose de aquello que entonces parecía corresponder, casi por defecto, a las mujeres. Cerca de los cincuenta años cogió una raqueta, pasó al atletismo y ya no paró: compitió en 60, 100 y 200 metros, cross, relevos y lanzamiento de peso y disco; participó en campeonatos regionales, nacionales, europeos y mundiales, y consiguió más de doscientas medallas y varios récords de España. María Luisa González Ortiz nació el 5 de julio de 1933 en una casa de la calle de la Enseñanza, en Santander, antes de que llegara la comadrona. Fue su propio padre, Pedro González Guardo, quien la recibió al nacer. Aquella escena doméstica resume bien el mundo en el que comenzó su vida: una ciudad donde muchas cosas dependían de la ayuda familiar, de la vecindad y de la capacidad de salir adelante con lo que hubiera a mano. Formó parte de una familia marcada por las dificultades y por una intensa red de parentesco que unía Santander con Liébana, Trasmiera, Asturias y América. Su padre, Pedro González Guardo, había nacido en 1889 y procedía de Potes. Su madre, Elvira Ortiz Trueba, nació en 1900 en Solares, en el entorno de Briana, y murió en 1996. Los abuelos maternos, Manuel Ortiz Fernández y Carolina Trueba, pertenecían a una familia de fuerte arraigo en la comarca de Trasmiera. Por esa rama familiar también estaban presentes las historias de emigración: dos hermanos de su madre marcharon a América y una hermana vivió en La Habana, formando parte de esa geografía de idas y vínculos lejanos tan habitual en muchas familias cántabras. La familia conoció pronto el dolor de las pérdidas. Uno de sus hermanos, Pedro, falleció de meningitis con apenas diecisiete meses. Luego llegaron otros y otras: Manolita y José, gemelos; Julián Jesús, que años después moriría en Bélgica, y Julián. Su infancia transcurrió en los años más duros de la posguerra. Su padre trabajaba como chófer para la familia Valero y fue encarcelado durante tres años tras ser detenido cuando transportaba muebles. Aquella ausencia dejó a su madre al frente de una casa con cinco hijos y la obligó a buscar formas de subsistencia. Fue cocinera, vendió fruta en la plaza y recurrió al estraperlo. María Luisa recuerda las carreras cuando aparecían los inspectores de Abastos y las mujeres trataban de salvar alubias, arroz, aceite o pan antes de que se los requisaran. También recuerda los desplazamientos con un puchero para recoger comida de Auxilio Social, una ayuda que permitió sostener a muchas familias trabajadoras en aquellos años. Eran escenas habituales en el Santander de la posguerra, una ciudad donde muchas familias sobrevivían gracias a pequeñas redes de ayuda mutua, intercambios y trabajos informales. En ese contexto cursó sus primeros estudios en una pequeña escuela situada en un piso de la zona de la calle de la Enseñanza. Cuando tenía ocho o nueve años continuó en la Cocina Económica de Santander, regentada por religiosas, donde además de las materias básicas aprendió costura, participó en representaciones teatrales y cantó en el coro. Como ocurrió con muchas niñas de familias humildes en la posguerra, su escolarización fue breve y terminó hacia los diez años. Mientras Santander comenzaba lentamente a reconstruirse tras la guerra y el incendio de 1941 seguía muy presente en la memoria colectiva de la ciudad, María Luisa fue creciendo entre trabajo doméstico, recados y obligaciones cotidianas. A los diecinueve años comenzó a trabajar en la imprenta de don Guzmán, situada en el número 13 de la calle Gravina. Permaneció allí durante cinco años. El trabajo no terminaba al salir de la imprenta. Muchas tardes regresaba a casa con paquetes de papel para fabricar bolsas de caramelos. Las pegaba una a una con pasta, las extendía por la vivienda para que secaran y las entregaba después agrupadas en paquetes. En aquellos años de juventud, María Luisa fue coincidiendo con Antonio Mariano Marqués Blanco, nacido el 8 de marzo de 1929. Él vivía en el portal de la casa de Dolores, prima de su madre, y se veían en el entorno de la calle de la Enseñanza, entre recados, portales y vida de vecindad. Poco a poco, aquellos encuentros cotidianos dieron paso al noviazgo. No faltaron advertencias. Una vecina de su madre le decía que tuviera cuidado porque Antonio era “de otra categoría”. La frase resumía bien las diferencias sociales de aquel tiempo: él había estudiado Magisterio y Peritaje Industrial; ella procedía de una familia trabajadora marcada por la posguerra. Con el tiempo, aquella distancia se fue borrando en una vida compartida. El 8 de octubre de 1957 contrajeron matrimonio. Al año siguiente nació su primera hija, Ana Luisa, en la Clínica Hotel de Juan de Herrera. Después llegarían Isabel, Eduardo, Cristina, Antonio, Elena y Alberto, nacidos entre 1958 y 1969, formando una familia numerosa que creció al mismo ritmo que cambiaba la sociedad española. La maternidad ocupó buena parte de los años siguientes. Fueron años de mudanzas, carros de bebé, colegios, comidas, uniformes, ropa cosida en casa y jornadas que se alargaban hasta la noche. Criar, para ella, fue también un trabajo: un trabajo sostenido, casi siempre invisible, que llevó en gran parte sobre sus hombros. Mientras tanto, Antonio desarrollaba su carrera profesional en Standard Eléctrica. Junto al trabajo existía en él otra gran pasión: el deporte. Primero fue el baloncesto, que entrenaba en el pabellón de la calle Vargas. Después llegó el atletismo. Antonio empezó a competir en 1974 y llegó a convertirse en campeón de Europa de 200 metros en pista cubierta en Ancona, en categoría M80, además de sumar decenas de medallas y varios récords de España. Aquella afición, que en principio parecía suya, acabaría transformando también la vida de María Luisa. A comienzos de los años setenta, Antonio entrenaba en el Complejo Municipal de Deportes de La Albericia y María Luisa empezó a acompañarlo. En 1976, ambos se hicieron socios de las instalaciones deportivas de Parayas. Allí encontró algo decisivo: pistas de tenis, zonas para correr y una guardería donde podía dejar a sus hijos e hijas mientras dedicaba un tiempo al deporte. Al llegar la menopausia, cuando rondaba los cincuenta años, decidió que aquella etapa no iba a reducirse a permanecer en casa y pidió a Antonio que le enseñara a jugar al tenis. La raqueta le abrió por primera vez un espacio propio. Después, al compartir con Antonio las instalaciones y las rutinas de entrenamiento, comenzó a correr y fue acercándose al atletismo hasta preparar sus propias pruebas. Más adelante se incorporó al Club Atlético España de Cueto, entidad con la que desarrollaría la mayor parte de su carrera competitiva y a la que siempre consideró una segunda familia. Su primera participación oficial se produjo en 1981, vinculada al Club Atlético España de Cueto. Aquel año compitió en pista cubierta en Oviedo y ya obtuvo medallas: recuerda especialmente la plata en 60 metros y su participación en relevos. Desde entonces comenzó una trayectoria extraordinaria en campeonatos regionales, nacionales e internacionales máster. Compitió en velocidad —60, 100 y 200 metros—, campo a través, relevos y, con el paso del tiempo, también en lanzamientos de peso y disco. Le gustaba especialmente correr, pero con los años fue incorporando otras pruebas para seguir compitiendo en nuevas categorías. En los lanzamientos pasó de pesos más altos a artefactos adaptados a su edad; con 85 años lanzaba con el peso de tres cuartos de kilo. Participó en categorías veteranas como F70, F75, F80 y F85, siempre adaptándose a los cambios del cuerpo sin abandonar la disciplina. Durante décadas recorrió pistas de Cantabria, de España y de Europa. Entrenaba con Antonio en el Complejo, en Parayas, en La Magdalena o donde hiciera falta. Hacían series, cuestas, salidas, técnica y ejercicios incluso con mal tiempo. María Luisa recuerda aquella etapa como algo profundamente compartido. Entrenar con su marido, dice, fue “bonito”. No era solo deporte: era una forma de estar juntos, de viajar, de organizar la vida y de ampliar el mundo. En el atletismo veterano encontró también una comunidad. Al principio eran pocas mujeres y ella solía ser de las mayores. Con el tiempo hizo amistades con atletas de otros lugares y países: mujeres que coincidían en los campeonatos, se reconocían en la pista y compartían la experiencia poco habitual de seguir compitiendo a unas edades en las que la sociedad esperaba de ellas quietud. Para muchas mujeres de su generación todavía eran escasos los espacios propios fuera de la casa y la familia. Los resultados fueron excepcionales. A lo largo de más de tres décadas de competición acumuló más de doscientas medallas en campeonatos regionales, nacionales e internacionales de atletismo veterano. El historial deportivo recopilado en 2018 ya recogía 144 medallas de oro, 41 de plata y 12 de bronce, además de doce récords de España en distintas categorías, nueve de ellos todavía vigentes en aquel momento. Sus éxitos llegaron en pruebas tan diversas como el cross, los 60, 100 y 200 metros lisos, el lanzamiento de disco y el lanzamiento de peso. Sus diplomas internacionales recogen una trayectoria que la llevó al Campeonato de Europa al aire libre de Atenas, en 1994; al Campeonato de Europa al aire libre de Malmö, en 1996; al Campeonato de Europa en pista cubierta de Ancona, en 2009; al Campeonato del Mundo en pista cubierta de Budapest, en 2014; y al Campeonato del Mundo al aire libre de Málaga, en 2018. Ese Mundial de Málaga ocupa un lugar especial en su memoria. Tenía 85 años y compitió en categoría V85. La prensa la presentó como la española de mayor edad que participaba en aquel Mundial Máster. Consiguió el oro en lanzamiento de peso, con una marca de 5,09 metros, y después el bronce en disco. Aquel oro tuvo además un valor simbólico: fue la primera medalla para España en el campeonato. El titular decía: “No pesan los años”. Ella explicaba entonces que no se cansaba, que seguía entrenando un día sí y otro no, y que le gustaba “ver a tanta gente disfrutando” porque también ella había disfrutado mucho con el deporte. La última gran cita llegó en Ourense, en 2019, cuando Antonio tenía ya 90 años. Para ellos fue una despedida deportiva compartida. Poco después, él sufrió un ictus y dejó de competir. María Luisa también fue cerrando aquella etapa, aunque nunca abandonó del todo la actividad física. Durante la pandemia siguió entrenando en el pasillo de casa y aún hoy mantiene la costumbre de hacer unos veinte minutos de gimnasia al inicio del día. También acude desde hace años a yoga y a actividades en un centro cívico. El deporte no quedó como un recuerdo, sino como una forma de seguir habitando el cuerpo. Antonio compartió buena parte de aquella aventura. Su historial deportivo recoge 90 medallas de oro, 45 de plata y 17 de bronce. Diecisiete de sus marcas supusieron récords de España y, entre sus logros más destacados, figuran el bronce en pentatlón en el Campeonato del Mundo de Roma de 1985 y el oro europeo de 200 metros en Ancona, en 2009. Juntos formaron una pareja poco habitual: marido y mujer viajando a campeonatos, entrenando y acumulando trofeos cuando la mayoría de sus contemporáneos ya habían abandonado cualquier práctica deportiva. El reconocimiento llegó también fuera de las pistas. En el año 2000, la Asociación Cántabra de Atletas Veteranos le concedió a María Luisa la Placa de Mérito de la Asociación. En noviembre de 2015, el Club Atlético España de Cueto le otorgó su Insignia de Plata por su trayectoria deportiva. Sus medallas, diplomas, fotografías y recortes de prensa forman hoy un archivo familiar de una vida que desbordó las expectativas asignadas a las mujeres de su generación. Pero quizá el homenaje que mejor resume otra parte de su vida llegó por un camino distinto. En 2009 fue una de las cinco mujeres reconocidas en Cantabria en el homenaje a las abuelas promovido por el Gobierno regional con motivo del Día Internacional de las Mujeres. Bajo el lema ‘Abuelas: puentes de historias y experiencias’, aquel acto quiso destacar a mujeres que habían sostenido la estructura familiar, transmitido valores y cuidado de varias generaciones. En María Luisa se reconocía esa doble trayectoria: la de la mujer que había criado una familia numerosa y la de la deportista que, después de los cuarenta, abrió una etapa inesperada de libertad, viajes y competición. Hoy, cuando habla de su vida, las medallas aparecen después. Antes llegan los nombres de las personas: su madre, sus hermanas, Antonio, sus siete hijos e hijas, sus trece nietos y nietas, sus cinco bisnietos y bisnietas. Como si con los años el recorrido importara más que las metas. «Es que se van los años, no lo entiendo, se van tan rápido», dice. Pero en su historia los años no parecen haberse ido del todo: permanecen allí donde alguien los recuerda, los cuenta y los deja en herencia. De niña aprendió a sobrevivir; de joven, a trabajar; de madre, a sostener; de atleta, a salir al mundo. Su legado no está solo en las medallas ni solo en la familia, sino en haber demostrado que una vida puede abrirse varias veces, incluso cuando parecía haber cumplido todos los papeles que su época había previsto para ella.

elDiario.eselDiario.esZhenya Popova Tikhonova12 sept

Alciturrianos: así puedes preparar en casa el dulce típico de Santander que recuerda a los polvorones navideños

La historia de estas pastas, convertidas en seña de identidad de la ciudad, está ligada a una saga de pasteleros Espencat, la ensalada tradicional valenciana de pimientos, cebolla y berenjenas asadas que se sirve en frío Hay dulces que conforman la identidad y la memoria gastronómica de un lugar. Bocados sin la fama de otros productos tradicionales, pero que merecen ganarse un hueco en cualquier recetario. Pastas, polvorones, rosquillas y otras elaboraciones hechas con ingredientes tan simples como la harina, el azúcar o la almendra forman parte de la tradición repostera de un sinfín de rincones de nuestra geografía. Cada territorio ha terminado desarrollando sus propias versiones, con distintas formas, texturas y proporciones, muchas de ellas conectadas además a celebraciones y momentos especiales. Entre estas recetas de dulces tradicionales se encuentran también los típicos alciturrianos, una especialidad con firma en Santander y una historia ligada a una saga de pasteleros. “Mis padres se instalaron en una confitería en la zona de Puerto Chico, en la calle Peña Herbosa, una de las zonas más céntricas y conocidas de la ciudad”, relata Víctor Alciturri. Allí su padre comenzó en 1950 a elaborar pastelería tradicional: “Preparaban de todo, pasteles, tartas, brazos de gitano y otros dulces de la época, todo muy rico y de muy buena calidad; y probando distintas fórmulas surgieron los alciturrianos”. Una pasta que acabaría convirtiéndose en una pequeña tradición de la ciudad. Desde el principio, recuerda Víctor, los alciturrianos se elaboraban en un formato individual y pequeño, pensado prácticamente para comer de un bocado. Se vendían a granel y por peso, y terminaron formando parte de la vida cotidiana de los santanderinos. Eran, según explica, un dulce para llevar al cine, para acompañar un vino tinto o simplemente para disfrutar en cualquier momento. Pero en esta historia hubo un paréntesis. Tras la jubilación de su padre y el cierre del negocio, los alciturrianos dejaron de elaborarse hasta que en 2001 Víctor decidió recuperar la receta y volver a producirla. Desde entonces mantiene su elaboración y, también ha conservado su presentación tradicional. “Seguimos utilizando la misma bolsa de toda la vida”. Para Víctor, una parte importante del secreto se encuentra precisamente en la experiencia que ha ido acumulando durante décadas. Y aunque la receta pueda parecer sencilla sobre el papel, “el resultado depende de factores como la temperatura, el horno o la calidad de las materias primas”, que son fundamentales. “El ADN se nota de padre a hijo”, explica al hablar de una elaboración que continúa haciendo con “cariño y orgullo”. Por su aspecto, los alciturrianos podrían recordarnos a primera vista a los polvorones navideños. Son blancos, están cubiertos de azúcar y tienen una apariencia que puede llevar a establecer esa comparación. Pero Víctor insiste en que, una vez que se prueban, las diferencias son evidentes: ni la textura ni el sabor son los de un polvorón. “Es un dulce con características propias”, resume. Cómo hacer alciturrianos caseros paso a paso Alciturrianos Los alciturrianos se elaboran con harina, manteca de cerdo, azúcar, almendra, galleta y canela. Anota esta versión adaptada para prepararla en casa inspirándote en los ingredientes y características de este dulce santanderino. La clave está en conseguir una masa que quede compacta, con el característico sabor tostado de la harina y la almendra y las notas de aroma de la canela. Anota los ingredientes que te harán falta: 430 g de harina de trigo 200 g de manteca de cerdo a temperatura ambiente 120 g de azúcar glasé 110 g de almendra molida tostada 50 g de galleta molida Una cucharadita de canela molida Una pizca de sal Lo primero es precalentar el horno a 150 °C. Seguidamente, extendemos la harina sobre una bandeja, procurando que quede muy bien repartida, y la horneamos durante unos 25 o 30 minutos. La iremos removiendo cada diez minutos para que se tueste bien por todos lados sin quemarse. Es fundamental que la harina pierda la humedad y adquiera un tono crema pero sin oscurecerse del todo. Para continuar con la receta tendremos que dejarla enfriar del todo y luego pasarlo por un colador para que no haya grumos. De forma paralela prepararemos la almendra y la galleta. Si las almendras están crudas las tostaremos en una sartén a fuego bajo y removiendo sin parar para que no se quemen. Una vez tostadas, las retiramos del fuego y dejamos enfriar. Trituramos las galletas hasta que obtengamos un polvo fino. Escoge unas galletas sencillas para no alterar el sabor final de los alciturrianos. En un bol amplio, incorporamos la harina tostada, la almendra molida, la galleta, el azúcar glasé, la canela y una pizca de sal. Mezclamos bien los ingredientes secos y seguidamente añadimos la manteca de cerdo. Debe tener una textura blanda para poder trabajarla pero no debe estar derretida. Con las manos o una espátula amasadora la integramos y la vamos amasando hasta conseguir una textura compacta. Debe quedar algo arenosa. Una vez tengamos lista la masa la colocamos entre dos hojas de papel de horno para estirarla con un rodillo. Debe quedar con un grosor de un centímetro. Retiramos el papel superior y cortamos la masa de forma que quede en piezas rectangulares y los colocamos sobre una bandeja cubierta con papel de horno. No deben quedar muy juntos. Mientras, precalentamos el horno a 200 °C, con calor arriba y abajo e introducimos la bandeja. Vamos a hornear durante unos siete a nueve minutos vigilando para que no queden demasiado tostados. Una vez listos, sacamos del horno y dejamos reposar un poco en una rejilla. Pasado un tiempo, cuando estén templados, podemos espolvorear el azúcar glasé y dejar enfriar por completo antes de degustarlos.

elDiario.eselDiario.esElena Segura12 sept

Telecantabria2 - 09/06/22

Telecantabria2 - 09/06/22 La Huelga del sector del metal sigue adelante y esta mañana se han reanudado las negociaciones. Ambas partes se culpan de falta de voluntad negociadora. Pymetal aseguraba en un comunicado que había conformidad en las propuestas de incremento salarial para este año y los dos siguientes, pero un profundo desacuerdo respecto al año 2021. Las protestas de los trabajores se están volviendo más intensas. Esta mañana ha habido piquetes en la entrada de algunas empresas y los representantes sindicales dicen que todo esto se podría haber evitado El Rey visitará el puerto de Santander el próximo 23 de junio para conocer con detalle el futuro de esta instalación que durante este año celebra su 150 aniversario. Felipe VI , que acudirá tambien a la UIMP, ha mostrado su interés por el nuevo modelo portuario por el que apuesta nuestra comunidad autónoma. Lo ha anunciado el Presidente de la Autoridad Portuaria ,que será el invitado este domingo del programa " La entrevista de RNE". Ver vídeo

RTVERTVE9 jun 2022

Telecantabria - 09/06/22

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