Julia Navarro: «En la desastrosa gestión de Ceuta el Gobierno nos toma por tontos»
Después de retirarse de la primera línea del periodismo, Julia Navarro comenzó una fértil trayectoria literaria desde su debut, con 'La Hermandad de la Sábana Santa' con novelas como, entre otras, 'Dime quién soy' —con versión televisiva—, 'Historia de un canalla', y 'El niño que perdió la guerra'. Recientemente también ha publicado los ensayos 'Una historia compartida' y 'Cuando ellos se van'. Ahora, se reencuentra con sus millones de lectores con 'Una familia moderna' (Plaza & Janés). Una novela, de irónico título e impactante desenlace, que no rehúye, sino todo lo contrario, cuestiones controvertidas (la colisión intergeneracional, la inmigración, los tipos de familias, la identidad, el edanismo…), a través de tres generaciones: Martha y Thomas, los abuelos; Felicitas, la madre, 'influencer'; y Penny, la nieta, una adolescente conflictiva que se declara no binaria. Les acompaña Lucía, la inmigrante empleada de hogar de la familia. Y se desarrolla en un verano madrileño, con un calor asfixiante, que casi es un personaje, recordándonos 'El extranjero', de Albert Camus. —La inspiración le surgió del libro 'No me gusta mi cuello', de Nora Ephron… —En efecto, Pilar Cernuda me recomendó y regaló el libro, y me pareció muy interesante. La escritora norteamericana reflexiona en torno a numerosos asuntos, pero sobre todo cómo gestionó su proceso de envejecimiento, una etapa muy complicada. —Precisamente, Martha, la protagonista de su nueva novela, también confiesa que leyó ese libro, y se encuentra en la misma situación… —Martha es una ex bailarina de ballet, de setenta años, que tuvo mucho éxito en su carrera, pero ahora está retirada y no sabe muy bien cómo llenar su tiempo. Hace años dejó su carrera profesional voluntariamente, antes de convertirse en una caricatura de sí misma, que es lo que quería evitar a toda costa. Le cuesta envejecer, y está obsesionada con sus brazos, a los que les falta tersura y dureza, por mucho que acude al gimnasio. Ve con dolor cómo sus brazos de cisne han degenerado, como ella misma señala, en brazos de murciélago. — Y Martha quiere revertir ese problema a bases de tratamientos, que nos remite al actual auge de la cirugía estética. —Sí. Pero yo no la juzgo. Ese auge tiene mucho que ver con el deseo de la eterna juventud, con la angustia que produce la muerte, inevitable, sobre todo en quienes transitan por la última vuelta del camino, como Martha. —Martha enfrenta esa etapa de la vida con más dificultades que su marido, Thomas… —Sí. Thomas es un catedrático de Filosofía jubilado, al que invitan a impartir un seminario sobre Ludwig Wittgenstein en la Universidad de Harvard, donde dio clases durante muchos años. A pesar de su edad, puede seguir manteniendo contacto con la enseñanza, seguir escribiendo artículos y libros. — ¿Cree que hoy existe una excesiva glorificación de la juventud y que no se aprovecha la experiencia de los mayores? —Sin duda. Hay que dejar espacio a los jóvenes, que muchas veces vienen con nuevas ideas, proyectos… Pero eso no debe impedir que los mayores continúen teniendo su lugar, pues, en efecto, es una locura y un error prescindir de todo su caudal de experiencia, enriquecedor para toda la sociedad. Hay que buscar un equilibrio. —¿Usted ha sentido esa, digamos, cierta discriminación? —Tras muchísimos años ejerciendo el periodismo, decidí que era hora de retirarse del primer plano. Fue doloroso, pero comprendí que era necesario. Abrí otro camino en la literatura, en el que, afortunadamente, he tenido el respaldo de los lectores, aunque nunca hay que bajar la guardia en cada nuevo libro. No deja de ser una incógnita cómo va a ser recibido. —¿Ha hay algo de usted en Martha? —Aparte de la edad, no. Mis personajes son figuras de ficción, no alter egos míos. Aunque, evidentemente, es 'hija' mía, y, como yo, no se priva de decir lo que piensa, guste o no. — 'Una familia moderna' es muy políticamente incorrecta… —Sí, ese enfoque es consciente e intencionado. Me dije que sobre todo a la edad que tengo, escribiría lo que me diese la gana. Lo 'políticamente correcto' me parece inaceptable, quita libertad y es una nueva forma de censura brutal, que extiende sus tentáculos a todos los ámbitos, a la que hay que oponerse. Y la cancelación, provocar la muerte civil, es inadmisible. Lo 'políticamente correcto' se quiere imponer como una verdad absoluta. Me niego a ello, a que se cambie lo que antes era una verdad absoluta por otra. Vivimos en una sociedad banal e infantilizada. —Lo importante es quizá el respeto mutuo, el diálogo sin imposiciones, intentar llegar a consensos, como sucedió en la Transición. Eso le falta a la familia de su novela, se muestra un intenso conflicto entre las tres generaciones que la forman… —Yo reivindico la Transición, a veces ahora tan atacada, y defiendo que hay que hablar, discutir, incluso discrepar. No tenemos que estar de acuerdo, pero sí ser capaces de dialogar con respeto. — Pone el dedo en la llaga de las minorías… —Siempre he defendido a las minorías y sus derechos, y comparto el injusto sufrimiento que han padecido. Pero hoy no pocas veces estas se comportan como las mayorías, queriendo imponer su criterio, ni siquiera admitiendo la discrepancia, cancelando a todo aquel que no comulga con sus propuestas e ideas. —Actualmente existen muchos tipos de familia, más allá de la tradicional. Pero parece que en buena medida vamos por una senda equivocada, con consecuencias indeseables, como sucede en la que usted refleja en su novela. —Es bueno que se haya abierto el arco, la libertad es positiva, y hay que ser tolerante con todas las opciones. Pero sí, en ocasiones surgen derivas que nos sitúan en un escenario no precisamente halagüeño. —Quizá uno de los errores es ver a los padres como amigos… —Claro. Aunque pueda haber amistad, los padres no son amigos de sus hijos. Con eso se les priva de contar con las necesarias figuras paternas. Yo a mi hijo, al que adoro, no le trato como amigo, sino como madre. Creo que esta es la postura correcta. —También en el campo educativo se ha hecho un poco lo mismo, quitando autoridad a los profesores y queriéndoles ver igualmente como amigos… —Me preocupa mucho este ámbito. El último informe PISA es terrorífico, con unos resultados catastróficos que, en primer lugar, deberían llevarnos a una reflexión urgente ante este tremendo fracaso colectivo. Debería haber provocado dimisiones inmediatas, empezando por la ministra de Educación. Pero no solo no ha ocurrido nada de eso, sino que nos toman por tontos, echando la culpa prácticamente solo al uso de las pantallas. Este uso está generalizado, no se pueden poner puertas al campo, y otros países de nuestro entorno no han obtenido malísimas conclusiones. En la educación han patinado todos los gobiernos, más allá de su adscripción ideológica. Los niños y adolescentes no tienen la más mínima comprensión lectora, lo que es gravísimo. —Uno de los asuntos más candentes que usted aborda en su novela es la inmigración, sobre todo a partir del personaje de la inmigrante Lucía, empleada de hogar de la familia… —No debemos olvidar que la historia de la humanidad es una historia de migraciones, y que España fue un país de inmigrantes La inmigración no ha de verse como una amenaza. La mayoría de ellos, como es el caso de Lucía, se ven obligados a abandonar su lugar de origen en busca de un futuro mejor. Debemos ser capaces de dar una respuesta adecuada a uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. —¿Se ha gestionado bien el problema de Ceuta? —En absoluto, ha sido un desastre. Y como antes le decía respecto a los resultados del informe PISA, en este tema también nos toman por tontos. Es imposible que nadie se enterara de la llegada masiva de 80.000 personas. Y es vergonzoso que una vez sucedido lo que nunca debió pasar, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se fuera tranquilamente de vacaciones como si nada hubiera acontecido. Los inmigrantes no son los culpables, lo son Marruecos y nuestro Ejecutivo por negar lo evidente y no afrontar con celeridad y eficacia la situación. —¿Estamos ante el más feminista de los Gobiernos, como él mismo proclama? —No tiene nada de feminista. A lo largo de siglos hemos tenido que luchar por nuestros derechos, y ahora a este Gobierno no se le ocurre otra cosa que hacer desaparecer prácticamente la palabra mujer, y todo lo que implica. Me enfada profundamente que se hable de seres gestantes y menstruantes. Yo soy una mujer, no un ser, y ya ni gestante ni menstruante.
ABC•(abc)15 sept