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Piden artesanos pirotécnicos no satanizar la profesión

Tultepec, Méx.— Artesanos pirotécnicos señalaron que las ventas han disminuido hasta en 100%, por lo que pidieron a la población no satanizar la profesión , acercarse a comprar sus cohetes en los mercados autorizados por la Secretaría de la Defensa Nacional, esto tras la explosión ocurrida en Temascalcingo, que dejó un saldo de 11 personas fallecidas y 82 lesionadas. En conferencia de prensa, Norma Rojas, presidenta del Mercado de Artesanías Pirotécnicas de San Pablito, señaló que en el sitio cuentan con las medidas de seguridad necesarias. “No tenemos nada de gente, estamos parados. Es la primera vez que pasa”, dijo. Te puede interesar: Trasladan a Texas a menor lesionada en accidente con pirotecnia en Temascalcingo; recibirá atención especializada Aseguran 150 toneladas de autopartes en Xochimilco; hay seis detenidos Trolebús ajusta rutas y horarios este 15 y 16 de septiembre por las Fiestas Patrias; ¡toma nota! Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

El UniversalEl UniversalArturo Contreras13 sept

Un hombre contemporáneo y un hombre renacentista: Felipe Leal conversa con Teodoro González de León

Pocas épocas han sido tan luminosas en la historia moderna como el Renacimiento. Lo fue, desde luego, por el extraordinario florecimiento de las artes en Europa y, de manera particular, en Florencia e Italia por la aparición de obras que se convirtieron en modelos de belleza y perfección para su tiempo y que, siglos después, continúan interpelándonos. Pero el Renacimiento fue mucho más que una revolución artística : significó una nueva manera de mirar al mundo y, sobre todo, al ser humano. La política, el pensamiento y las relaciones humanas se transformaron a partir de esa nueva concepción. El hombre pasó a ocupar el centro de la creación y de la reflexión. Bastaría con pronunciar dos nombres — Miguel Ángel y Maquiavelo — para comprender la dimensión de aquella época gloriosa. Todavía hoy, recorrer Florencia y detenerse ante sus plazas, sus palacios, sus templos y algunas de las obras de arte más significativas de la historia produce una sensación difícil de describir. Estar ahí, como estar frente a las ruinas de la antigua Grecia en particular en Atenas, es acercarse a los arquetipos, a esos modelos ideales que buena parte de la humanidad ha perseguido a lo largo de los siglos. Aquel tiempo fue también el de los viajes y las grandes aventuras. Hombres impulsados por la curiosidad, la necesidad, la fe o la ambición se hicieron a la mar rumbo a territorios desconocidos. Cristóbal Colón condujo a sus hombres por océanos apenas imaginados, sin ninguno de los medios de comunicación que hoy nos parecen indispensables. Los viajes hacia Oriente de Marco Polo y, más tarde, los intercambios con las tierras “descubiertas” por Colón pueden verse como antecedentes remotos de lo que hoy llamamos globalización. El comercio abrió rutas, puso en contacto mundos distintos y lanzó a miles de hombres a buscar riqueza, oportunidades y nuevos horizontes. Algunos huían de la desesperanza y de la falta de futuro en Europa; otros, amparados en su fe, pretendían extender el cristianismo y con él una determinada visión del mundo. Ese impulso de búsqueda, esa curiosidad frente a lo desconocido, constituye quizá uno de los rasgos esenciales del Renacimiento. Imaginemos por un momento a Cristóbal Colón y a sus “aventureros” partiendo del puerto de Palos, en España, rumbo a un lugar que nadie conocía y cuyo destino podía parecer, literalmente, el fin del mundo. Se ha insistido en que parte de las tripulaciones de La Niña, La Pinta y La Santa María estaba formada por hombres con antecedentes delictivos a quienes se había concedido la libertad. Nada de ello disminuye el espíritu de aventura que los animaba. Jacques Lafaye lo ha documentado, entre otros, en Los conquistadores , publicado en español por Siglo XXI. Si a ese espíritu de aventura sumamos el genio, el conocimiento y el talento de los hombres de Florencia, nos acercamos a una definición posible del hombre renacentista: alguien capaz de reunir los saberes y experiencias acumulados por la humanidad con la audacia necesaria para internarse en territorios todavía inexplorados. A ese linaje intelectual y vital pertenecen, de alguna manera, los dos protagonistas de las conversaciones reunidas en el libro que hoy presentamos. Son dos hombres del siglo XX, nacidos en momentos distintos de un siglo extraordinario y terrible, marcado por guerras, revoluciones, descubrimientos y profundas transformaciones. Un siglo que conoció los horrores de dos guerras mundiales y que, en 1945 , contempló el estallido de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki , revelando hasta dónde podía llegar la capacidad autodestructiva de la humanidad. El primero, Teodoro González de León , nacido en 1926 , perteneció a una generación marcada por la Segunda Guerra Mundial. El segundo, Felipe Leal , nacido en 1956 , en los primeros años de la posguerra. Entre ambos existe una diferencia casi generacional, pero también un territorio común: la curiosidad, el talento, la cultura y la voluntad de comprender un mundo que cambiaba a una velocidad vertiginosa. Fue el mundo en el que muchas de las fantasías imaginadas por Julio Verne y otros escritores del siglo XIX comenzaron a convertirse en realidad. La televisión, los viajes a la Luna, la telefonía celular, internet, la inteligencia artificial, los vuelos supersónicos capaces de reducir distancias y tiempos que parecían insalvables, con lo cual es posible desayunar en Nueva York y comer en París el mismo día: innovaciones que modificaron radicalmente nuestra experiencia del tiempo, del espacio y de la vida cotidiana. Cada una de ellas nos ha obligado a entrar en universos nuevos, cuyas consecuencias todavía no alcanzamos a comprender del todo. Podría pensarse que treinta años de diferencia bastarían para separar radicalmente la mirada de dos hombres. No sucede así entre Teodoro González de León y Felipe Leal. Los une algo más profundo: una actitud frente al conocimiento que recuerda precisamente al espíritu renacentista. Teodoro conservó hasta los últimos días de su vida una juventud que no dependía de la edad. Nunca fue, en el sentido más profundo de la palabra, un viejo. La vitalidad parecía formar parte de su naturaleza. Bastaba verlo caminar erguido, con paso firme, para advertir en él una energía que desmentía los años. Pero donde esa juventud resultaba más evidente era en su vida intelectual . Teodoro conservaba la curiosidad de un hombre de veinte años. Seguía con atención los acontecimientos políticos y sociales de un mundo complejo: el fin del colonialismo tradicional, la emancipación de las mujeres, las transformaciones de la sociedad y la búsqueda, siempre inconclusa, de la paz. Al mismo tiempo, exploraba con verdadera pasión las expresiones más exigentes del arte contemporáneo. Escuchaba la música de Xenakis , Takemitsu, Haas, Arvo Park, Mario Lavista, Julio Estrada , etc. Siendo yo director del Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México me acompañó entusiasmado a un concierto de Jazz , sorprendiéndome con su conocimiento del tema; buscaba la última película de arte en cartelera como el documental de Björk o la última película de Andrei Tarkovsky ; seguía las puestas en escena del Metropolitan Ópera House , la Ópera de la Bastilla , la Royal Ópera de Londres o del Palacio de Bellas Artes . Con una memoria excepcional, recordaba fragmentos de las obras de Kundera, Mishima, Albert Camú, Jean Claude Carriére , entre muchos otros. Seguía las exposiciones de los Museos del INBA, del Centro Pompidou, del Museo de Arte Moderno de Nueva York , de la National Gallery de Londres y, por supuesto, conocía al dedillo las principales galerías de las cuatro ciudades al mismo tiempo que observaba atentamente las nuevas tendencias de la arquitectura. Nada de ello era petulancia. En Teodoro, hablar de estos temas era simplemente una expresión natural de respeto y admiración por el arte y por las formas más refinadas de la creación humana. Su interés por lo contemporáneo no significaba desprecio por la tradición. Reconocía con la misma intensidad el valor de las culturas prehispánicas, china y egipcia y encontraba en ellas una sorprendente vigencia. Así era, a grandes rasgos, Teodoro González de León: un hombre con quien se podía conversar casi de cualquier cosa, pero cuya amplitud de intereses, cultura y conocimiento exigían un interlocutor capaz de acompañarlo. Todo esto al tiempo que como buen hedonista, disfrutaba de una buena comida y de un buen vino. Ese interlocutor fue Felipe Leal. Arquitecto de una generación posterior, exdirector de la Facultad de Arquitectura de la UNAM y hoy miembro de El Colegio Nacional , Leal compartía con Teodoro muchas inquietudes, referencias e interrogantes. Su horizonte intelectual le permite no solamente entrevistarlo, sino dialogar con él. En Radio Universidad , Felipe Leal condujo un programa en el que conversaba con colegas y amigos acerca de su trabajo y de su vida. Algunas de aquellas conversaciones son las que quedaron reunidas en el libro que hoy nos ocupa, publicado por El Colegio Nacional. Las charlas abarcan de diciembre de 1996 a mayo de 2013 y corresponden a cuatro momentos importantes de la vida de González de León. No son conversaciones limitadas a la arquitectura. A través de ellas aparecen también las experiencias, influencias, viajes, lecturas y circunstancias que fueron formando al hombre detrás del arquitecto. En una de esas conversaciones, por ejemplo, Teodoro recuerda su experiencia en Nueva York durante los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Por una coincidencia extraordinaria, yo también me encontraba entonces en esa ciudad. Había llevado al Ballet Folklórico de Amalia Hernández a una función privada ante delegados de las Naciones Unidas, en los días cercanos al 15 de septiembre y en vísperas de una votación en la Asamblea de las Naciones Unidas relacionada con la elección de un nuevo miembro del Consejo de Seguridad, posición que interesaba a México. Aprovechando que ambos estábamos en Nueva York, habíamos acordado cenar juntos. Teodoro iría acompañado de su esposa, Eugenia ; yo, de Constanza Bolaños , quien era mi segunda en la Dirección General de Asuntos Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Mientras nos dirigíamos a su encuentro percibimos un olor extraño, difícil de identificar. Cuando finalmente encontramos a Teodoro y Eugenia, le pregunté qué pensaba que podía ser. Su respuesta fue inmediata: lo relacionó con los miles de cuerpos incinerados que habían quedado entre los restos de las torres. Lo dijo con una serenidad que me impresionó profundamente. No había en él histeria ni dramatismo. Yo, en cambio, no pude dejar de pensar en aquello durante horas y esa noche me costó conciliar el sueño. Como tantos visitantes de todas partes del mundo que nos encontrábamos circunstancialmente en Nueva York, estábamos inquietos ante el cierre de los vuelos y la incertidumbre sobre cómo salir de la ciudad. Teodoro permaneció tranquilo. Ya los abrirían, dijo; había que tener paciencia. Aquel encuentro, en circunstancias tan extraordinarias, me confirmó una vez más el temple de mi amigo. Tuve oportunidad de verlo en muchas otras situaciones que habrían provocado respuestas desmesuradas en otras personas. Pocas veces vi a Teodoro perder la calma. Si algo podía sacarlo de sus casillas eran ciertos errores cometidos durante la construcción de un edificio o algunas decisiones políticas que, a su juicio, afectaban seriamente la vida del país. Alguna vez, durante la construcción del MUAC y en una de sus visitas, prácticamente diarias a la obra pero en esta ocasión acompañada por el ingeniero Bernardo Quintana , Teodoro mostró su desagrado por el terminado de uno de sus muros, lo hizo de una manera tan serena y sin aspavientos, que sin tener que pedirlo, hizo que el propio Bernardo Quintana, entonces director y presidente de la constructora ICA, diera instrucciones para que se derribara y se volviese a construir de acuerdo con los señalamientos realizados por Teodoro. En las conversaciones reunidas en este libro, Teodoro reconstruye también su formación. Habla de sus años en México, en la UNAM y en la Escuela Nacional de Arquitectura , y posteriormente de su estancia en Europa y de su paso por el taller de Le Corbusier , en un continente que apenas comenzaba a levantarse de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial . Le Corbusier era entonces una de las figuras centrales de la arquitectura mundial. Sus ideas, particularmente las relacionadas con la vivienda colectiva, dejaron una huella profunda en varias generaciones de arquitectos. Quizá pueda encontrarse allí una de las referencias que acompañaron a González de León cuando desarrolló en México proyectos de vivienda colectiva, entre ellos las Torres de Mixcoac, realizadas en colaboración con Abraham Zabludovsky . En ellas, la relación entre los edificios y los espacios verdes evita la sensación de un conglomerado cerrado y permite que cada volumen conserve su presencia dentro de un conjunto abierto. Resulta difícil elegir una sola obra dentro de una trayectoria tan extensa. Sin embargo, una parte fundamental de la producción de Teodoro estuvo vinculada al mundo de la cultura. Si hubo otro personaje central en la vida de Teodoro este es, sin duda, la Ciudad de México, el escenario en donde habría de desarrollar la mayor parte de su obra transformándola y creando múltiples referencias hoy vigentes. Su conocimiento de la Ciudad de México confirmaba esta relación. Tuve el privilegio de recorrerla y caminarla junto con él, de escuchar sus múltiples reflexiones nacidas a partir de las experiencias juveniles, por él vividas y por los largos años, de entrañable vinculación con ella. El Museo Tamayo es una referencia inevitable. En medio del Bosque de Chapultepec , el edificio se integra al terreno mediante desniveles y rampas que articulan los espacios y construyen una experiencia particular para el visitante. Hay otro aspecto de la personalidad profesional de Teodoro que merece destacarse: su capacidad para trabajar con otros. Desde sus años de estudiante, cuando junto con Armando Franco y Enrique Molinar propusieron un anteproyecto para el concurso de la construcción de Ciudad Universitaria , estuvo presente en su trayectoria una concepción colectiva del trabajo arquitectónico. A lo largo de su vida colaboró de manera constante con otros arquitectos, especialmente con Abraham Zabludovsky y Francisco Serrano . En colaboración desarrolló, entre otras obras, el edificio del INFONAVIT, el Colegio de México, la Universidad Pedagógica Nacional y el Museo Tamayo, el Auditorio Nacional . Más adelante, realizaron los proyectos para las embajadas de México en Berlín y Guatemala. Estas colaboraciones enriquecieron a quienes participaron en ellas y revelan un rasgo que a veces queda oculto detrás de las grandes personalidades: la modestia necesaria para reconocer que la arquitectura puede ser una obra colectiva, producto del diálogo y no exclusivamente de una mirada individual. A título personal, Teodoro realizó también obras fundamentales: el edificio del Fondo de Cultura Económica, el Museo de Sitio de Tajín, la Escuela Superior de Música del Centro Nacional de las Artes y el Museo de Arte Popular , en el Centro de la Ciudad de México. Desarrolló asimismo la Sala Mexicana del Museo Británico de Londres con la colaboración del destacado museógrafo Miguel Cervantes y la remodelación de El Colegio Nacional, el lugar donde nos encontramos ahora. Vendrían después el Centro Cultural Bella Época, el conjunto Reforma 222, el Museo Universitario Arte Contemporáneo —el MUAC— en la UNAM, la Torre Virreyes y el conjunto Manacar , entre otras obras. La arquitectura de González de León terminó por convertirse en parte del paisaje y de la memoria de la Ciudad de México. Sus edificios son referencias urbanas, puntos de encuentro, señales reconocibles dentro de una metrópoli que cambia sin cesar. Por eso no me parece exagerado afirmar que la Ciudad de México constituye uno de los grandes temas de la biografía profesional y personal de Teodoro y que, a su vez, Teodoro contribuyó de manera decisiva a definir el perfil de la ciudad del siglo XXI. Algunas de sus obras son reconocidas popularmente por sus sobrenombres “el Pantalón” y “el Dorito” en la parte oriente del Bosque de Chapultepec Poniente, sin embargo, no puede entenderse únicamente desde México. Hay que recordar también su pasión por viajar. Conocía profundamente su ciudad, pero recorría con igual interés Berlín, Londres y, de manera especial, París y Nueva York, ciudades a las que regresaba una y otra vez. Si es verdad, como afirma el dicho popular, que “los viajes ilustran”, Teodoro fue un magnífico ejemplo de ello. En sus últimos años, Japón se convirtió en una referencia esencial. Volvió varias veces en un periodo relativamente breve y la influencia de aquella cultura puede advertirse, de manera notable, en el diseño del MUAC. Pero un gran conversador necesita siempre un gran interlocutor. Ahí reside uno de los méritos esenciales de este libro. Felipe Leal , treinta años menor que Teodoro, consigue sostener con él un diálogo lúcido, informado y profundo. Su admiración por González de León nunca se transforma en complacencia. Respeta al maestro, conoce su obra y comparte muchas de sus referencias, pero conserva siempre la distancia necesaria para preguntar, provocar y mantener vivo el espíritu crítico . No hay pedantería en estas conversaciones. Hay cultura, inteligencia, memoria y curiosidad. Constituyen en el fondo, un encuentro de dos generaciones. Felipe Leal conduce a su interlocutor hacia los territorios de la memoria, la arquitectura, los viajes, el arte y la vida. Y Teodoro responde conservando intacta una cualidad que quizá explique mejor que ninguna otra su grandeza: la capacidad de sorprenderse y de sorprendernos. La misma curiosidad que debió acompañarlo en la juventud seguía viva cerca de los noventa años . Por eso, al terminar estas conversaciones, aparece ante nosotros algo más que uno de los grandes arquitectos mexicanos de nuestros tiempos. Aparece un hombre universal: un hombre contemporáneo con espíritu renacentista, interrogado por un discípulo que lo admira profundamente, pero cuya admiración nunca le impide pensar, preguntar y ejercer la crítica. Y acaso sea precisamente ahí, en ese diálogo entre admiración y pensamiento, entre experiencia y curiosidad, entre dos generaciones que se reconocen y se interrogan, donde reside el verdadero gran valor de estas conversaciones. La muerte lo sorprendió, quizás como a todos pero quedaron tantas conversaciones pendientes, tantas preguntas por hacer, tanto vino por beber juntos, que no dejo de lamentarlo día a día. Colegio Nacional 8 de septiembre de 2026

El UniversalEl UniversalGerardo Estrada R.13 sept

El día del derrumbe. Una reflexión sobre la prueba Pisa

El cuento que da título al célebre libro de Juan Rulfo describe el horror de una sociedad enfrentada y sometida a la voluntad de los criminales. De un lado, los bandoleros asolan todo a su paso. Del otro, la compañía del general Petronilo Flores intenta contenerlos. En medio, los habitantes de pueblos y rancherías, armados para defenderse de los forajidos. Una debacle de sangre y fuego. Lo que más horroriza es la complaciente mirada de los personajes ante la desolación. En El llano en llamas , Rulfo no escatima sangre. El Pichón –uno de los personajes– cuenta algunas de las peripecias de la banda de criminales a la que pertenecía, dirigida por Pedro Zamora . Por ejemplo, cuando los asesinos a caballo arrastran a unos hombres «pialados que, en ratos, todavía caminaban sobre sus manos, y otros, de hombres a los que se les habían caído las manos y traían descolgada la cabeza», desmembrados, atados a las ancas de animales montados por otros animales (cfr. Toda la obra . Archivos ALLCA-FCE, 1996: 77). Rulfo da voz a un monstruo que se alegra de protagonizar y contemplar las masacres cometidas por él y sus compañeros. Ante los asesinos arrastrando a sus víctimas, el Pichón dice como si nada que «daba gusto mirar aquella larga fila de hombres cruzando el Llano Grande otra vez, como en los tiempos buenos. Como al principio, cuando nos habíamos levantado de la tierra como huizapoles maduros aventados por el viento, para llenar de terror todos los alrededores del Llano» (1996: 77). La banda de Pedro Zamora esparció el fuego por doquier. México no es un llano en llamas de ficción. Cadáveres en fosas comunes, cadáveres en balaceras, cadáveres por doquier. Y nadie oye ladrar a los perros. Nuestra mirada, como en el cuento, ve la sangre que no deja de correr y se alegra. Lee también México se rezaga en matemáticas y lectura; publican resultados de la prueba PISA Pon otro botón de muestra. En Nos han dado la tierra , Rulfo describe la aridez del Llano Grande: infértil, seco, como «un duro pellejo de vaca» (1996: 9). Hoy cabe hacernos la misma pregunta de José Emilio Pacheco en un poema escrito para homenajear ese cuento: ¿Qué tierra es ésta? . Ahí, Pacheco se duele: «¿Para qué sirve este llano tan grande? / No hay conejos, / no hay pájaros, / no hay nada. / Tanta y tamaña tierra para nada» ( Poesía completa . FCE, 2004: 296). ¿Qué tierra es ésta donde a diario asesinan a decenas de personas, donde la extorsión es un segundo impuesto, donde hay más de 132,735 (según el Registro nacional de personas desaparecidas y no localizadas)? Una tierra, la nuestra, donde la inclemencia de la lluvia se ensaña con los más pobres. Las aguas negras son más oscuras en las casas de tabique y lámina. La falta de infraestructura se traduce en enfermedades. Enfermos, los niños no pueden ir a la escuela ni los adultos, a trabajar. Última referencia a Rulfo: El día del derrumbe relata lo ocurrido luego de un temblor septembrino. El gobernador recorre los pueblos damnificados. Uno de los personajes –burócrata de mediopelo– dice: «Todos ustedes saben que nomás con que se presente el gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado. La cuestión está en que al menos venga a ver lo que sucede, y no que se esté allá metido en su casa, nomás dando órdenes. En viniendo él, todo se arregla, y la gente, aunque se haya caído la casa encima, queda muy contenta con haberlo conocido» (1996: 141). Pensaba en los cuentos de Rulfo a propósito de la publicación de los resultados de la prueba PISA . Aunque muchos pusieron el grito en el cielo al ver que ocupamos el penúltimo lugar entre los países miembros de la OCDE, no hacía falta ver esa lista para concluir que la educación en México está en crisis. Además de que se viene diciendo desde hace décadas, la circunstancia de violencia y corrupción impune que atravesamos es una dolorosa obviedad. Me desconcierta la sorpresa y la indignación. En un país que se desangra impunemente es evidente que no hay educación. Se educa para crear ciudadanos. Ser ciudadano, me parece, es ser capaz de crear una comunidad. Pero no hay comunidad en solitario. Sin educación, es imposible comprender la pluralidad y las diferencias de los otros. Diré la perogrullada: sólo la educación permite entender que los otros son condición de posibilidad para mi propio bienestar. Va otro tópico: lo político es construir con otros algo común. Esta construcción de comunidad cívica es imposible sin educación. Sucede que hace mucho hicimos a un lado el arduo proyecto de educar. Es mucho más fácil adoctrinar. La tecnocracia sustituyó a la reflexión, al análisis, a la memoria. Los espacios educativos se convirtieron en centros de entretenimiento. Total, luego aprenderán. Pero la educación es muy difícil; no es placentera para quien educa ni mucho menos para quien aprende. Rechazamos el dolor que provoca educar y, poco a poco, sin darnos cuenta, el profesor se convirtió en payaso y el estudiante, en cliente. La consigna indolora del espectáculo suplió a la ardua misión de formar ciudadanos. Afirmar que el sistema educativo mexicano funciona es negar la realidad. Un país sin ciudadanos es un país donde impera la injusticia. Un país sin educación es un país en ruinas, un país donde sus habitantes prefieren mirar a otro lado. La ciudadanía es una conquista; por eso los niños no gozan de ella: deben alcanzarla. Mientras tanto, nada pasa; sobrevivimos indiferentes al horror. Es como en el cuento de Rulfo: en el día del derrumbe, la música seguirá tocando.

El UniversalEl UniversalVíctor-Isolino Doval13 sept

La dialéctica antes de Hegel

Como ya hemos visto Johann Gottlieb Fichte llama No-Yo a todo aquello que se presenta como diferente del sujeto y lo obliga a detenerse o a corregir su acción. Puede ser un objeto, un cuerpo que duele, una norma o la voluntad de otra persona. El Yo se afirma y, al mismo tiempo, descubre algo que no es él. La conciencia no surge en el vacío, sino en el encuentro con un límite. Ahí se encuentra el núcleo de la dialéctica fichteana. No se trata de una fórmula mecánica de “tesis, antítesis y síntesis”. Fichte intenta describir un proceso: primero hay una actividad; después aparece una resistencia; finalmente se establece una relación, siempre provisional , entre quien actúa y aquello que se le opone. Un Yo completamente ilimitado no podría saber que es un Yo. Solo cuando encuentra una resistencia puede distinguir entre esto y aquello, entre lo que hace y lo que se le presenta. El sujeto no existe primero como una esencia terminada y luego sale al mundo. Se va constituyendo en el acto de encontrarse con lo que lo limita Esta idea distingue a Fichte de dos posiciones aparentemente más sencillas. Por un lado, no sostiene que el sujeto invente el mundo a su antojo. Eso sería un idealismo ingenuo. Por otro, tampoco afirma que el mundo llegue ya completamente formado desde fuera, sin que la actividad del sujeto tenga ningún papel. El empirismo, además, ya había sido profundamente transformado por la filosofía de Immanuel Kant . La propuesta de Fichte es más exigente: el sujeto y el mundo de la experiencia se constituyen en una relación de tensión. Ninguno de los dos puede explicarse por completo al margen del otro. Fichte parte de un problema que el filósofo había dejado abierto. Kant distinguía entre lo que conocemos y la cosa en sí, es decir, la realidad considerada al margen de nuestra experiencia, que por definición no podemos conocer directamente. A Fichte esa noción le parece poco útil para explicar cómo funciona la conciencia. Si algo no puede conocerse ni intervenir en un argumento, difícilmente puede cumplir una función dentro del sistema filosófico. Por eso Fichte busca el límite en una experiencia más cercana: descubrir que no podemos hacerlo todo. Encontramos un freno, un golpe, un “hasta aquí”. A ese encuentro con la resistencia lo llama Anstoß , una palabra alemana que puede traducirse como “impulso”, “choque” o “tope”. El Anstoß no significa que el sujeto invente el mundo como quien escribe una novela. Pero tampoco significa que la realidad se le entregue como un paquete completamente terminado. El sujeto se encuentra con una resistencia y la vive como un límite. El obstáculo se vuelve obstáculo para la conciencia en el momento en que es experimentado como aquello que se opone a su acción. El sistema de Fichte tiene dos dimensiones inseparables . La primera es teórica. Pregunta cómo es posible que exista un mundo de objetos que no elegimos directamente. ¿Por qué vemos cosas? ¿Por qué algunas situaciones se nos imponen? ¿Por qué no controlamos todo lo que aparece en nuestra experiencia? La respuesta de Fichte no consiste en imaginar un mundo totalmente independiente, con el que el sujeto no tuviera ninguna relación. El Yo se limita a sí mismo y, mediante esa limitación, aparece algo que experimenta como exterior, dado y resistente. Así se hace posible la experiencia de un mundo. La segunda dimensión es práctica. Si el límite aparece, el sujeto no tiene por qué resignarse ante él. Puede trabajar sobre aquello que encuentra, modificarlo y hacerlo menos opaco. Ese proceso nunca concluye por completo. Si todos los obstáculos desaparecieran, también desaparecería la posibilidad de actuar y de tomar conciencia de la propia acción. Por eso la dialéctica de Fichte no promete un final en el que todos los conflictos queden resueltos. Describe una tensión que continúa y que, en cierto sentido, constituye la vida misma del sujeto. Pensemos en alguien que intenta cruzar una habitación oscura. Desde el primer paso, esa persona actúa. De pronto tropieza con una silla. La silla no representa el universo entero, pero sí funciona como un ejemplo sencillo del No-Yo: algo que no es la persona y que la obliga a detenerse, cambiar de dirección o avanzar con más cuidado. Sin la silla no habría tropiezo. Sin tropiezo, quizá tampoco habría un recorrido consciente: no habría nada que registrar, corregir o superar. Pero la silla, por sí sola, tampoco bastaría. Hace falta alguien que camine y que experimente esa resistencia. La libertad no consiste en moverse en un espacio sin obstáculos. Consiste en poder orientar la acción dentro de un mundo que ofrece resistencia. En este contexto se entiende mejor lo que Fichte llama intuición intelectual . La expresión puede sonar misteriosa, pero no se refiere a ver un objeto especial ni a alcanzar un estado de iluminación. Se refiere a reconocer que ser sujeto no equivale a ser una cosa más entre las cosas. El Yo no puede observarse del mismo modo que observamos una taza. Lo captamos al actuar: cuando decidimos, resistimos, corregimos un movimiento o reflexionamos sobre lo que acabamos de hacer. En cuanto convertimos el Yo en una etiqueta fija o en un objeto completamente estático, dejamos fuera su rasgo esencial: el Yo es actividad. Esta es una de las ideas más difíciles de mantener y, al mismo tiempo, una de las más fáciles de perder cuando buscamos explicaciones demasiado cómodas. La subjetividad no existe separada de sus actos. Se manifiesta en ellos. Más tarde, Georg Wilhelm Friedrich Hegel retomará algunos elementos de esta dinámica y los convertirá en el motor de la historia y del desarrollo del Espíritu. En Hegel, la contradicción puede avanzar hacia formas cada vez más amplias de reconciliación, hasta que el Espíritu se reconozca en aquello que al principio parecía ajeno. Fichte se detiene antes de llegar a esa conclusión. El Yo no se disuelve en una totalidad que ya no necesita enfrentarse a nada. Sigue siendo una actividad que encuentra límites y vuelve a ponerse en movimiento. Su dialéctica no pretende contar el destino del universo. Intenta explicar cómo alguien llega a ser alguien: no aislándose, sino encontrándose con aquello que no es él.

El UniversalEl UniversalHugo Alfredo Hinojosa13 sept

¿Qué ocurre con la lectura?

Me es difícil aceptarlo. Me avergüenzo de ello. Me cuesta trabajo concentrarme para leer un texto a profundidad . No lo sé. Tal vez demasiados distractores. Este es un fenómeno estudiado a nivel internacional. Entre muchos otros, lo ha analizado la renombrada neurocientífica Marianne Wolfe. Estamos perdiendo la capacidad de lectura profunda. Triste, pero cierto. Esto, en sí mismo, es una tragedia . La lectura profunda ha impulsado a la humanidad a niveles insospechados de desarrollo y ha logrado que florezca nuestro pensamiento crítico. Sin embargo, la estamos perdiendo. Leemos de manera fragmentada. 140 caracteres . Ahí quedó nuestro límite de atención. En mi generación, la que nació en la década del Siglo XX en la que el ser humano llegó a la Luna, nos sentimos avergonzados de ello. Pero las nuevas generaciones no. El escritor José Baroja escribe hace poco en Este País un texto aleccionador al respecto. En su artículo, Baroja menciona cómo para jóvenes profesionistas el no leer no representa una falta, sino más bien un orgullo , un triunfo frente a sistemas anticuados. ¿Leer? ¿Para qué? Si ya está todo resumido en internet. Lo intitula “El prestigio de no leer” . “Leer libros, sugería implícitamente aquella conversación, pertenecía a una época distinta, acaso más lenta, menos eficiente y menos útil.” Esa falta de lectura profunda tiene consecuencias más profundas que una remembranza nostálgica. Hay un fenómeno denominado “efecto Flynn” , en honor al psicólogo e investigador neozelandés James R. Flynn , quien documentó el fenómeno: durante buena parte del siglo XX, las puntuaciones promedio en pruebas de inteligencia aumentaron generación tras generación. Desde hace algunos años, distintos estudios han encontrado que ese aumento se ha desacelerado, detenido o incluso invertido en determinados países y grupos de edad. A esto se le llama “efecto Flynn inverso” . El neurocientífico cognitivo especializado en aprendizaje, memoria y educación, Jared Cooney Horvath , afirmó el 15 de enero de 2026 en una comparecencia en el Senado de los Estados Unidos, que “nuestros hijos tienen menos capacidad cognitiva que nosotros cuando teníamos su edad.” Y aseguró también que, por primera vez en cien años, la capacidad cognitiva de los jóvenes es menor que una generación anterior. Este solo hecho debería ser una tragedia, pero en el mundo actual, más preocupado por la inmediatez que por el fondo de las cosas, no lo es. Según Baroja, es incluso “un orgullo”. “La lectura, sin embargo, no pierde prestigio sola: arrastra consigo a buena parte de la formación humanística. La señal más alarmante no está sólo en los planes de estudio, sino en una cultura que empieza a no percibir esa ausencia como una pérdida”. “La formación humanística comienza a parecer un lujo cultural reservado a quienes disponen de tiempo libre, cuando en realidad constituye una condición fundamental para la ciudadanía democrática”. Parte importante del problema es el sentido de inmediatez. Queremos que todo se resuelva ahora mismo. No hay tiempo para pensar, para reflexionar. La inteligencia artificial tiene soluciones para todo. No hay que desgastarse en leer. ¿Habrá sido este fenómeno responsable de la caída de Ediciones Era? La noticia del cierre de esta icónica editorial mexicana ha cimbrado al mundo editorial, intelectual y cultural. Se extingue un faro en el mundo cultural en México. Una tristeza. En efecto, ser editor es una labor cada vez más heroica. Qué bueno que la situación de Era haya llamado la atención de la presidencia. Sin embargo, la solución no es buscar cómo rescatar a una editorial particular, sino entender las causas de fondo. Era es un síntoma de la crisis por la que atraviesa la industria editorial mexicana, en buena medida debido a la ausencia de una política pública integral que reconozca al libro y la lectura como motores de desarrollo cultural , educativo y económico del país. Lo poco que había, desapareció. Para la Secretaría de Cultura , el libro no es cultura. No hay más bibliotecas escolares y de aula. México es uno de los poquísimos países, junto con Cuba y Corea del Norte, en los que la industria editorial está por completo excluida en la elaboración de libros de texto para educación básica. Las compras para bibliotecas públicas no existen, cuando menos desde 2018. La Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana lo señaló recientemente en un brillante comunicado: “Las editoriales y librerías enfrentamos condiciones cada vez más difíciles: la reducción de espacios para la circulación del libro y la ausencia de una política pública permanente de fomento al libro y la lectura.” Ausencia completa, desde hace mucho y cada vez peor. No necesitamos que el estado nos mantenga a las editoriales, pero sí que cree las condiciones que se requieren para el florecimiento de una industria editorial sana y en expansión. Regreso al tema de la lectura. Solo la lectura profunda nos permite hacer inferencias de un texto, relacionar conceptos, así como causa y efecto, y comprender estructuras complejas. Eso no es posible con un resumen elaborado con inteligencia artificial. Dice Baroja que “leer, en sentido profundo, no es una práctica ornamental : es una forma de entrenamiento del juicio. Quien lee aprende a distinguir matices, a demorarse ante la ambigüedad, a reconocer voces distintas de la propia y a sospechar de las explicaciones demasiado simples. Ninguna de esas habilidades aparece espontáneamente en una sociedad saturada de información. Por el contrario, casi todo parece empujarnos en la dirección opuesta: opinar antes de comprender, reaccionar antes de interpretar, compartir antes de verificar, condenar antes de pensar .” El problema no es tanto a falta de lectura en general, sino de lectura profunda. Leemos mucho, de forma fragmentada . Como las gallinas: picoteamos aquí y allá, sin llegar nunca al fondo de las cosas. “No faltan contenidos; falta duración. La estructura del ecosistema digital privilegia la reacción sobre la reflexión y la inmediatez sobre la interpretación. Por eso, la lectura no desaparece: cambia de forma, se dispersa y pierde parte de aquello que la convertía en una experiencia de formación.” El problema es que nos hemos hecho adictos a la inmediatez. Necesitamos la información en tiempo real, sin tener siquiera oportunidad de discernimiento. No debe de sorprendernos entonces la cantidad de noticias falsas y teorías conspirativas que vemos en la actualidad . En tiempos de las redes sociales , todos nos consideramos portadores de la verdad absoluta, aun cuando no contemos con las evidencias. La lectura profunda se relega a un segundo plano. ¿Para qué perder el tiempo leyendo, si todo el conocimiento ya está en internet? Si usted llegó al final de este artículo, y no pidió a Chat GPT que se lo resumiera, ya es una buena señal. Ahora vamos por esos libros que todos tenemos pendientes por leer. ¡Ánimo!

El UniversalEl UniversalHugo Setzer13 sept

La materia de la vida. Reseña de De vera Vita

La materia de la vida se halla en la realización de la vivencia cotidiana, en las rutinas, monotonías, pequeños y grandes dramas que constituyen las experiencias concretas, ya sean corporales, sentimentales o laborales, mediante las cuales los individuos afirman su identidad y pertenencia a una comunidad histórica determinada. A estas acciones y relaciones entre las personas, Wilhelm Dilthey las llamó vivencias ( Erlebnisse ), mientras que Miguel de Unamuno las situó en su concepto de intrahistoria para explicar al "hombre de carne y hueso", ajeno a las abstracciones de la filosofía clásica; en el mismo orden de ideas, José Ortega y Gasset consideró que la vida de los hombres y mujeres se desarrolla en una realidad radical en la que la circunstancia influye en sus proyectos y decisiones. Es famosa su frase: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo". . Valgan estas palabras preliminares para recordar que en la actual posmodernidad pareciera que la filosofía se ha desentendido de los sujetos reales e históricos y los ha dejado en manos de los predicadores de la felicidad, llámense pastores, sacerdotes, locutores, líderes de opinión o influencers , quienes se aprovechan de una masa acrítica, necesitada de consuelo y de auxilios espirituales, a la que ofrecen paraísos de ensueño en medio de una charlatanería proverbial y vergonzosa. Por eso resulta de gran interés la obra De vera vita . Pequeño tratado para una vida auténtica (trad. Susana Prieto Mori, Siruela, 2022), de François Jullien , donde el autor nos explica que vivir no supone aprender fórmulas para ser felices, sino evitar la rutina y el sinsentido de una vida carente de expectativas, resignada e incapaz de abrirse a las nuevas posibilidades des. Acceder a una vida verdadera debe partir del ejercicio del pensamiento. De verdad vita, consta de siete apartados, cuyos títulos, marcan las líneas argumentativas sobre las que habrá de profundizar. Empieza con la " Vida ausente ", donde demuestra que la rutina y la costumbre suelen apagar la existencia y, frente a este vacío, algunas personas practican " Las dos vidas ", una pública y otra oculta; asimismo, en el mar de las confusiones se piensa en la " verdadera vida ", equiparándola con la " vida bella ", " buena y dichosa ", como si se tratara de un ofrecimiento del mercado de la felicidad que también resulta falso, y, al no lograrse el ideal, las personas se resignan o se estancan; otras más se alienan y sustituyen sus carencias internas con los satisfactores materiales. En este contexto, François Jullien orienta a sus lectores para que mantengan la apertura a las nuevas posibilidades, pero desde su circunstancia, como diría Ortega. Además, al reflexionar sobre su condición, reafirman parte de su esencia, pues, como suponía el poeta Hölderlin , pensar con profundidad nos permite apreciar el mundo con mayor intensidad. En una sociedad secularizada, la creencia en una vida después de la muerte se ha perdido. El mundo de las Ideas de Platón estaba destinado a los filósofos, mientras que el paraíso cristiano es para los no pecadores, quienes han renunciado a su tiempo presente en pro de un edén escatológico, como dice santa Teresa de Jesús en sus memorables versos: “Aquella vida de arriba / es la vida verdadera; / hasta que esta vida muera, / no se goza estando viva…”. Pero para las personas de carne y hueso que carecen de la sensibilidad mística es necesaria, nos dice Jullien, la vinculación con los demás a través del amor, el arte, la literatura, la amistad, el viaje y la apertura a lo desconocido.

El UniversalEl UniversalBenjamín Barajas13 sept

Antiguas eras, nuevas editoriales. Reseña de tres libros que desafían formatos

El domingo 2 de agosto a las 12 del día Elik Troconis presentó en Gandhi Coyoacán su novela El reloj robado de Passepartout (México: Zona Libre Santillana, 2026). La sala estaba pletórica, y hubo gente de pie. Elik ha encontrado un nicho , y me alegro por él y por la lectura en México. Ya comenté otra novela del promisorio escritor mexicano, vecino de Madrid por estas fechas. Se trata de La joya robada , cuyo protagonista es don Quijote en modo Sherlock Holme s, con Sancho como un inesperado Watson . ¿Por qué hablo de un nicho? ¿Por qué las dos novelas incluyen un robo desde el título? La joya robada es, sí, una recreación de ciertos capítulos procedentes de la primera parte de El Quijote; El reloj robado nos invita a leer una suerte de síntesis, fresca, grata, de La vuelta al mundo en ochenta días , de Julio Verne . Ambas novelas del mexicano tienen, ciertamente, un argumento propio. Allí tenemos una línea de continuidad, que está teniendo un efecto positivo entre sectores del público (hubo mucha gente joven en la sala de Gandhi Coyoacán) y que le permite a Elik concebir obras futuras con el mismo patrón, sin que ello signifique que no podrá emprender otras vertientes de la escritura. Tiene mucho sentido la propuesta de Elik: nos invita a revisitar obras clásicas en un formato ágil, a la vez conmemorativo e innovador (insisto: fresco). Y recibí el regalo de un libro muy especial, ¿Dónde estás, luz? , de Andrea Martínez y Susana Santoyo (piedra ediciones, 2024). La propuesta es desafiante en tanto que pone a prueba nuestros automatismos al leer. La palabra Postcards se repite cuatro veces en ventanitas de la portada (dos veces con coma, una vez en alta y bajas), y al principio pensé que ese era el título de este cuaderno cuya falta de paginación fortalece justamente el efecto de cuaderno. Los nombres de las dos autoras aparecen en la contraportada, cuyo texto esclarece: ¿Dónde estás, luz? es un proyecto de Andrea Martínez que reúne un conjunto de imágenes que se leen. A partir de la escritura de Walter Benjamín, decidió abstraer algunas frases que explícitamente o no hablaran sobre la luz, la imagen, lo fotográfico y su materialidad. En la edición, Susana Santoyo generó un hilo de lectura al enfatizar los temas. Estos fragmentos de biblioteca se convierten aquí en un libro que da unidad y forma a estos vistazos. Este libro propone una lectura en conjunto , e invita a asomarse, más que a hojear. Ropavejero de Occidente –según especialistas–, por ser recolector de las prendas rotas de viejos sistemas, Walter Benjamín es presentado aquí en jirones de esos ropajes de por sí desgarrados por el paso de los años y por los tránsitos desde los sistemas originales hasta la obra del autor nacido en 1892 y fallecido por propia mano en 1940, cuando los nazis estaban a punto de apresarlo mediante la colaboración de los esbirros de Vichy. He aquí un ejemplo de jirón del ropavejero en ¿Dónde está la luz?: la luz suprema hasta en el silencio solitario y eterno de los tonos más bajos. Un tercer libro, Óptica sanguínea (México: Tumbona Ediciones / Conaculta, 2014), de Daniela Bojórquez Vértiz , me fue recomendado en España por la doctora Rocío Badía, de la Universidad Complutense de Madrid. El sentido se produce, sí, en respuestas y asimismo en narraciones. Narramos para articular experiencias dispersas y para construir sentido(s). En Óptica sanguínea la única historia completa(da) es la de Pilar de la Fuente: sabemos que murió y sabemos que fue sobrecargo, “embajadora del piso en el aire” (p. 34), y que de una forma u otra cumplió con su destino, aunque la voz narradora desconoce muchos datos de su propia madre, y aquí ocurre el mayor acierto de la autora: entre las páginas 26 y 32 nos presenta una galería de fotos de “Pilar de la Fuente”, y describe la foto enmarcada, pero no hay ninguna imagen, y tenemos que conformarnos con el pie de foto, y esto nos obliga a volver a la escritura como un refugio ante un vacío que nos habla de los límites para conocer y representar a otra persona (aunque sea la madre) y de los límites de la imagen, que de pronto puede desaparecer, así como del desmontaje y del vacío o al menos periferia existencial. Se puede decir que, salvo por Pilar de la Fuente, estamos ante un conjunto de relatos sin personajes, sin protagonistas, sin antagonistas. Además, Óptica sanguínea parece desafiar el trabajo cotidiano de la filología: presenta páginas tipografiadas, pero con correcciones en rojo a cargo de una mano, presuntamente la de la autora. Una de las correcciones tacha media frase y añade arriba: “no es cierto” (p. 57; antes ha escrito a mano sobre otro renglón: “¡exagerado!”, p. 55). Brillantemente, la autora nos entrega un texto cuestionado por ella misma, incluso desde un punto ya no solo estético, sino ético: “no es cierto”. ¿Cómo podría ser la edición crítica de Óptica sanguínea si nos presenta un testimonio que no parece ser el último y sin embargo sí lo es? Estas paradojas me recuerdan el concepto de narración paradójica que han empleado Klaus Meyer–Minnemann y otros latinoamericanistas de Alemania . Y es como si este titubeo o esta autocrítica y las páginas del libro que nos llegan borrosas, desenfocadas, expresaran la angustia por la soledad en que se encuentra la escritora, una angustia muy autocrítica que ella transmite a todos sus personajes, entre quienes únicamente una madre, Pilar de la Fuente, exhibe una sólida presencia onomástica. El sentido es muy fuerte y optimista en El reloj robado , se hurta y esquiva en ¿Dónde está la luz? y en Óptica sanguínea . Esto es un signo de los tiempos: búsqueda de un sentido que se nos escapa. Muchas personas de generaciones senior hemos visto una neta pérdida de sentido en el anuncio del cierre de la legendaria editorial Era . El mercado es implacable, y se abren editoriales y librerías aquí y se cierran allá, en franco heroísmo por la cultura . Alguien comentaba con mucho sentido (común, sentido en común): el anunciado rescate de Era acaso se inscribirá en una amplísima política editorial y cultural de Estado. Recordemos la anécdota de Winston Churchill cuando sus administradores le presentaron el presupuesto para 1944 ; no había una sola libra esterlina para cultura; él se enojó: –¿No se han dado cuenta de que esta guerra la estamos librando para salvar la cultura? Así de relevante es la cultura para la civilización, esto es, para la convivencia, esto es, para el bienestar.

El UniversalEl UniversalAlberto Vital13 sept

Un archivo incómodo en la casa de la ficción. Reseña de la nueva novela de Berna Gónzalez Harbour

En el prólogo a Retrato de una dam a (1881), Henry James expone un concepto que llama la casa de la ficción . Para el novelista, una primera etapa en el proceso creativo consistía en visualizar a los personajes por separado para después descubrir y profundizar en las relaciones entre ellos. Así, James compara la literatura con una casa de enorme fachada en la que un número ilimitado de ventanas permite asomarse a igual cantidad de autores: no importa cuántos atisben una situación, jamás habrá dos escritores que tengan la misma perspectiva. Por otra parte, Roberto González Echevarría ha señalado que, de Los pasos perdido s a Cien años de soledad , la presencia de manuscritos en las novelas responde a lo que él llama "ficciones de archivo", es decir, novelas que echan mano del lenguaje y de las formas de ciertos documentos para narrar dinámicas coloniales marcadas por la tensión entre centro y periferia. He pensado mucho en ambos conceptos mientras leía Qué fue de los Lighthouse (Destino, 2025), la más reciente novela de Berna González Harbour . Publicada en junio de 2025, ha agotado cuatro ediciones que suman más de 10,000 ejemplares. Antes de abordarla conviene recordar que su autora es reconocida por la saga de novelas protagonizadas por la comisaria María Ruiz, serie que comenzó en 2012 con Verano en rojo , vertiginoso thriller que también lleva múltiples reediciones. Y que con El sueño de la razón (Destino, 2019) González Harbour obtuvo el prestigioso Premio Dashiell Hammett. Y que es además una destacada periodista literaria y una columnista certera. A partir de las anécdotas de una familia inglesa, la autora construye en Qué fue de los Lighthouse una contundente alegoría sobre el colonialismo y los encarnizados debates que le rodean. La historia comienza con la muerte de Everett Lighthouse, quien durante décadas se desempeñó como oficial del servicio colonial. Un científico que fue enviado a Tanganica , hoy Tanzania , con la misión de impulsar vacunas para el ganado así como la preparación de terrenos para el cultivo. Corría aquella época en que a los emisarios del progreso no se les permitía dudar de su papel: se movían con la certeza de que, tras su irrupción, los territorios africanos vivirían mejor que como los habían encontrado. Su pareja, Marjory, es una maestra que le acompaña hasta la colonia, y es allá donde arrancan la construcción de su familia. No obstante, bajo la excusa de " civilizar territorios y cristianizar paganos, alfabetizarlos y mejorar sus vidas" suele agazaparse una intención más mundana: apropiarse de riquezas, esclavos, recursos naturales y objetos de arte. Una vez más: el problema con los archivos es que pueden ser evidencia del despojo. En el pórtico del libro, una advertencia de no-ficción nos recibe: en mayo de 1961 , el ministro británico para las Colonias, Iain Macleod, envió una orden a todas las gobernaciones del Imperio: destruir los documentos que pudieran avergonzar al gobierno de su majestad. Se le conoció como Operación Legado , y su propósito era claro: eliminar cualquier documento que pudiera ser usado en contra de la corona porque registraba acciones ilegales. Y sin embargo, siempre quedan evidencias: no bien comenzada la novela nos enteramos de que, a lo largo de los años, Everett Lighthouse ha llenado decenas de libretas con notas. Aunque nadie sabe qué contienen, es de esperarse que incluyan testimonios de sus actividades en el extranjero. Cuatro hijos le sobreviven a Lighthouse: el mayor, Arthur, es un sesentón que ha heredado la inclinación científica de su padre, pero que comprende que no todas las decisiones del poder son pensadas en beneficio de las mayorías. Le siguen las gemelas Joyce y Jane, quienes han migrado a Francia y a España , y que en cada visita a Inglaterra se sienten más distanciadas de sus orígenes. El hijo más pequeño es Benjamin, actor daltónico propenso a las aventuras extramaritales, lo que le mantiene en el ojo de las revistas de espectáculos. En esta nómina de personajes no puede faltar Ann Elizabeth King, activista que ha abrazado la causa anticolonial, vinculada a los Lighthouse por su amistad con Caroline, hija de Arthur, pero también porque ha sostenido un romance clandestino con Benjamin. Ann ha publicado un libro sobre la revisión de la era colonial, recurso que permite introducir de manera natural debates y reflexiones en torno a lo que Benjamin enuncia como “ese discursito que hablaba de revisitar la historia, saber lo que hicimos, pedir perdón, asumir la responsabilidad, lograr un relato común y toda esa cháchara barata”. Una vez más, la importancia del archivo. El retrato familiar estaría incompleto sin Asha, nativa que se hizo cargo de cuidar a Arthur desde la época de Tanganica, y que a los diecisiete años migró con la familia a Londres. Le acompañan su hija Amina, quien creció en estrecha convivencia con los Lighthouse… y también Adela, nieta de Asha e hija de Amina, jovencita que mira a los patrones con perspectiva crítica. En esta línea del libro resulta especialmente interesante la dinámica del carteo entre Amina y su familia en Tanzania: no todo se puede decir, y la información fluye enrarecida porque la familia en África contrata escribanos para redactar las misivas. De este modo, nos damos cuenta de que la pobreza comienza por las limitaciones en la creación de archivos y, por tanto, de memoria e identidad. El conflicto crece cuando los hijos de Everett encuentran su última voluntad garabateada en una libreta: el patriarca Lighthouse ha dispuesto que sus diarios —ese gran archivo extraoficial— sean entregados a Asha. ¿Por qué heredar las libretas a una mujer para quien leer y escribir representa un desafío? ¿Por qué destina a Benjamin la colección de máscaras africanas, si el hijo más pequeño detesta esas piezas? ¿Por qué Arthur, ateo, recibe una escultura de la virgen? ¿Por qué Everett no le hereda nada a Jane, e incluso la llama con otro nombre? Conforme avanzan las páginas, los Lighthouse descubrirán que, tras las versiones oficiales de la historia, se ocultan pasajes cada vez más inquietantes. Qué fue de los Lighthouse es una novela escrita con maestría, que confirma a su autora como una de las escritoras más destacadas en nuestra lengua.

El UniversalEl UniversalVicente Alfonso13 sept

Por el barrio de La Lagunilla

Tras pagar la cuenta, mi amigo y yo zarpamos del Puerto de Barcelona . La tarde es joven, aún hay tiempo para visitar un par de cantinas más. Salimos, algo achispados, por la puerta que da al Eje 1 Oriente y encaminamos nuestros pasos hacia el norte. A esta altura este Eje lleva por nombre Vidal Alcocer , un olvidado personaje de la historia de México, filántropo e ilustre educador, egresado del Colegio de San Juan de Letrán (donde ahora sirve la cantina Tlaquepaque , en Independencia 8), que en 1853 creó e impulsó los llamados desayunos escolares. Torcemos a la izquierda en el Eje 1 Norte, que en este tramo responde a la avenida Granaditas , por donde en tiempos prehispánicos discurría la acequia Tezontlalli (o Tezontlale): una ancha vía acuática que nacía en el lago de Texcoco, funcionaba como frontera natural entre las ciudades gemelas de Tenochtitlan y Tlatelolco , y alimentaba a la laguna de Atezcapan, una especie de bahía que ejercía como atracadero comercial de Tenochtitlan y que estuvo más o menos en la zona que ahora conocemos como La Lagunilla . Penetramos en el denso, acerbo e infranqueable túnel que tejen, con lonas, estructuras y toldos, cientos de puestos emplazados sobre lo que alguna vez fungió como acera. Resulta imposible ver algo más que no sea las mercaderías de los vehementes negocios. Pero algunos metros más adelante el túnel cede, por un momento el sol renace, sólo para dar paso a la calle Aztecas . Formalmente estamos entrando al trepidante barrio de La Lagunilla, un espacio anfibio de confín, que en tiempos remotos fue de pantanos con aves y juncos; de chinampas y canales navegables; de embarcaderos atiborrados de piraguas cargadas con infinidad de productos... En mi inédita profesión de guía, decidido llevar a mi amigo a la cantina La Principal , último reducto en su tipo que resiste en el barrio de Tepito, adyacente a La Lagunilla. A partir de este punto Granaditas se convierte en López Rayón, en honor al secretario particular del cura Miguel Hidalgo. Rayón, Peralvillo, Matamoros, Paseo de la Reforma, Eje Central, República de Perú (antigua acequia Del Carmen) y Aztecas , conforman el polígono que hoy entendemos como La Lagunilla. Entre un puesto de apretujados cosméticos y uno de tenis Nike, entramos de nuevo a la gorgoteante oruga de comercios que ahora tiene como paramento al Mercado de Granaditas, especializado en la venta de zapatos, diseñado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez e inaugurado en 1957. Pasando Argentina, distingo un haz de luz que alumbra nuestro nublado pasadizo de brillantes mercancías. Se trata de una salida que da al Callejón de Ecuador, antiguo Callejón de Puentecitos. Mi amigo y yo salimos por ese boquete. Afuera el sol refulge y un aire límpido y fresco nos atiza el rostro. Lo que vemos, tras estas bambalinas comerciales, nos parece fascinante: una casona de belleza inconsútil, ubicada en el número 10 de este soterrado y abandonado callejón. Rescatada de las ruinas no hace mucho, ahora destaca por sus apolíneos ornamentos barrocos: muros bermejos de blancas ajaracas, pilastras de cantera chiluca, un albo y estilizado nicho de argamasa sobre el dintel de la puerta, un robusto rodapié de piedra recinto y un altivo torreón que despunta por encima del primer piso. La tradición afirma que esta casa, construida a mediados de la década de 1520 sobre un solar enclavado en la frontera norte de Tenochtitlan, a la vera de la acequia de Tezontlalli, le perteneció a Hernán Cortés y a Malintzin, quienes la utilizaron como casa de descanso. Más tarde fue sede de la Casa del Diezmo y posteriormente la ocupó una orden monacal. Lo cierto es que desde 1992 alberga a una fundación que apoya a niñas y niños en situación de abandono. Retornamos a nuestro furibundo viaducto y metros más adelante arribamos a la calle Peralvillo, prolongación de República de Brasil, e inicio de la vieja calzada de Tepeyac , que conectaba la isla de Tenochtitlan con el norte, bifurcándose más adelante hacia Tlatelolco y hacia el cerro también llamado Tepeácac. Cruzamos, cautelosos, por el humeante asfalto del Eje y nos enfilamos por Peralvillo, en dirección a Tepito. El primer cruce es la calle Libertad que antiguamente, en su lado poniente, se convertía en un muelle de la multicitada laguna. Conocedor de los gustos musicales de mi amigo, aprovecho para anotarle un par de detalles en esta esquina: “Mira, ahí donde ahora está una pensión de autos (en el 130 de Libertad), se halló la vecindad a la que llegó a vivir, recién emigrado del barrio de Mexicaltzingo, Guadalajara, Marco Antonio Muñiz. En sus primeros días en la ciudad, Marco Antonio apenas tenía para comer y su único ajuar consistía en un traje color caqui, obsequio de su padre. Un día, esperando en el café El Faro , contiguo a la churrería El Moro, en el Eje Central, consiguió trabajo para cantar en un bar, pero le exigían que vistiera traje negro. Así que juntó todos sus centavos y llevó su traje a la tintorería que estaba frente a su casa en Libertad, para que lo tiñeran de negro. Dos días pasó en calzoncillos en su cuarto, aguardando la metamorfosis de su traje”. Continúo: “Y allá, sobre Libertad hacia el poniente, en el cruce con Palma norte, en un multifamiliar vivió una joven de nombre Ana María Incháustegui. Resulta que el 17 de febrero de 1957 Anita, como le llamaban sus allegados, cumplió años y organizó en su departamento un íntimo festejo. Un primo suyo, Ramón Bustos Añorve , llegó al convite acompañado por un amigo. Se trataba del compositor Álvaro Carrillo , que ya para entonces había grabado canciones como “Adiós a Chapingo” , “El andariego” , “La amuzgueñita” y “Luz de luna” . Así, el nacido en Cacahuatepec , Oaxaca, e ingeniero agrónomo por la Universidad de Chapingo, cantó y amenizó el festejo. Ese mismo día Anita y Carrillo quedaron prendados. Se casarían en 1960, pero antes él le compondría varias canciones, entre las que destaca “Sabor a mí” . Se cuenta que se le ocurrió en una velada, en diciembre de 1957. Álvaro cantaba y entre canción y canción se aclaraba la garganta con sendos sorbos de whisky Old Parr y luego besaba a su enamorada. Pero llegó el punto en el que Anita, que no bebía alcohol, le pidió que parara porque de tanto beso la boca ya le sabía a whisky. Entonces Álvaro, la voz de oro del bolero mexicano, le respondió: ‘Lo que tienes en la boca no es sabor a whisky, es sabor a mí’. Y ahí nació la canción”. Continuará...

El UniversalEl UniversalRicardo Lugo Viñas13 sept

La vida es breve, etcétera: adelanto del nuevo libro de relatos de Veronica Raimo

En la escuela primaria tuve una maestra muy devota. Tan devota que se llamaba Devota. Era una mujer pequeñita, con la palidez típica de los católicos convencidos, una tez que se alimenta de las privaciones y el miedo. La maestra Devota nos hacía rezar todas las mañanas antes de clase; insistía en particular en la oración dirigida al Niño Jesús. Era una oración carente de métrica, carente de ritmo y carente de versos memorables. Hoy tengo la sospecha de que se la había inventado ella, pero el caso es que, si busco en Google “oraciones para el Niño Jesús”, no encuentro nada mejor en línea; yo diría que es un espacio de experimentación poco explotado aún. En clase había un niño judío que no quería rezar con nosotros. La maestra Devota intentaba convencerlo todos los días: —Así vas a hacer llorar al Niño Jesús. —Es que yo no creo en el Niño Jesús. —Así vas a hacer llorar también a la Virgen. —Es que tampoco creo en la Virgen. Y así seguían durante un buen rato, hasta que la maestra Devota rezaba a Dios para que lo perdonara y lo eximía del ritual. Él se quedaba sentado en el escritorio con los brazos cruzados, mientras todos los demás rezábamos de pie al Niño Jesús. No sé cuáles serán los efectos psicológicos de una práctica repetida de esa manera durante cinco años, pero son preguntas que nadie se hacía en aquel entonces. La maestra Devota, en su devoción, había instituido otras prácticas, incluida la concesión de premios al final del curso a los niños más destacados. Eran el Premio Italiano, el Premio Matemáticas, el Premio Geografía, el Premio Historia, el Premio Ciencias y el premio más codiciado de todos: el Premio Generosidad. Sobre su escritorio, tenía un frasco para donaciones destinadas a los “huérfanos de la Iglesia”. Nadie sabía exactamente quiénes eran estos huérfanos; para nosotros, eran pequeñas criaturas mitológicas de ojos implorantes y famélicos, recién nacidos abandonados en pañales en la anteiglesia durante un día de tormenta y criados en medio de penurias indescriptibles, niños necesitados de nuestra ayuda, a los que se utilizaba ya fuera como dispositivo automático para generar sentimientos de culpa en una versión doméstica de la lejana Biafra (“No puedes dejarte la tortilla en el plato, piensa en los huérfanos de la Iglesia”), o como incentivo motivacional para despertar nuestra generosidad, un incentivo en clave corporativa, porque el verdadero objetivo era ganar el premio al niño más generoso del año. Durante cuatro años seguidos, gané el Premio Italiano con suma facilidad. El primer año yo era la única de la clase que sabía leer y escribir, y luego viví más o menos de las rentas, entre otras cosas porque nadie estaba particularmente interesado en quitarme esa plusmarca, considerando que el premio consistía en un par de cuadernos a rayas y un boli bic. Los premios de Matemáticas, Historia, Geografía y Ciencias podían presumir de un reparto más heterogéneo de ganadores, pero lo que se disputaban eran cuadernos cuadriculados, atlas y, como mucho, un libro ilustrado de Historia en el que la única perversión era buscar las imágenes de mujeres semidesnudas, o por lo menos un muslo que sobresaliera de un péplum. En cambio, con el Premio Generosidad lo que nos disputábamos eran juguetes de verdad y durante cuatro años solo hubo una ganadora moral y efectiva: Vania Millefoglie. Vania era una niña rubia y muy dulce, como dejaba entrever su estúpido apellido, que la inducía a llevar a clase un milhojas comprado en la pastelería el día de su cumpleaños. La maestra Devota la llamaba “cachorrita” y le acariciaba su melenita suave y lisa al entregarle, al final del curso: En primero de primaria: una barbie. En segundo de primaria: un pequeño pony (falso). En tercero de primaria: un muñeco del Equipo A. En cuarto de primaria: una caja del programa televisivo “El almuerzo está servido”. Vania se sonrojaba puntualmente, daba las gracias y pronunciaba su desgarrador discurso, en el que declaraba ser una niña afortunada y que con mucho gusto donaría el premio a los huérfanos de la Iglesia (especialmente en tercer curso, cuando le tocó el muñeco de “Fénix”). La maestra Devota nos pedía que le diéramos un aplauso y luego, sin dejar de acariciar la cabecita de su cachorrita, la tranquilizaba: —No, Vania, tú ya has hecho mucho por los huérfanos de la Iglesia. Esto es tuyo, te lo has ganado. Ahora, recemos. Vania había logrado hacerse cada año con el Premio Generosidad gracias a que destinaba al tarro para los huérfanos de la Iglesia el dinero suelto que sus padres le daban cada día para comprarle la merienda al sujeto grasiento que nos vendía unas pizzas pequeñas rojas y blancas en el colegio, una contrata quinquenal vagamente sospechosa. Nuestros ojos codiciosos la veían ayunar con una sonrisa de felicidad en los labios. Un día, un compañero de clase decidió desafiar a la maestra Devota: —Maestra, si me enseña a los huérfanos de la Iglesia, le prometo darles mis zapatillas de tenis. La maestra Devota reaccionó poniéndonos al corriente del deplorable escepticismo de santo Tomás. Al día siguiente Vania apareció en clase con un par de zapatillas rosas Superga en la mano: —Maestra, son para los huérfanos de la Iglesia. El gesto nos costó cinco minutos de sentido aplauso. En quinto curso decidí que sería yo quien ganara el premio de los cojones. Por desgracia, mis padres no me daban dinero para comprar una pizza en el colegio, sino que me preparaban ellos mismos un bocadillo. Pero el fondo de los bolsos de mi madre siempre estaba forrado de calderilla, así que empecé a robarle monedas y a dejarlas tintinear ruidosamente en el tarro de ofrendas. En el recreo, me escondía en el váter para comerme mi bocadillo. Una vez terminado el recreo, me volvía hacia Vania, con la sonrisa impregnada de emmental y jamón de York. —Maestra —dijo Vania antes de Navidad—, me gustaría hacer más por los huérfanos de la Iglesia. Al día siguiente, trajo unos suéteres, una manta y un peluche con forma de koala. El niño que se había atrevido a pedir pruebas de la existencia de los huérfanos de la Iglesia nos dijo que se había encontrado a la maestra Devota en el supermercado junto con su hija, y que la niña llevaba uno de los suéteres de Vania, pero como ya se había convertido en santo Tomás, nadie le hizo mucho caso. Yo nunca me había molestado en investigar el estatus ontológico de los huérfanos de la Iglesia: su existencia, para mis propósitos, no me parecía de gran relevancia, como nunca me había parecido fundamental creer en la existencia del Niño Jesús cuando rezaba una oración, o la de Adán y Eva cuando la maestra Devota se prodigaba en extraños azares cognitivos, intentando salvar a la vez la cabra y la col, el árbol del bien y del mal y los Homo sapiens. A fin de cuentas, lo único que quería era ganar el Premio Generosidad. Una tarde, durante las vacaciones de Navidad, mi madre le dijo a Elvira, la señora que venía a limpiar a casa, que estaba muy dolida por su comportamiento. Se había dado cuenta de que le estaba robando dinero del bolso. —A mí, que hasta te he comprado un panetone de marca —añadió, con un deje de rabia que iba a sumarse a su dolor. Elvira protestó con indignación al principio, pero luego poco a poco fue cediendo, mientras mi madre movía la cabeza implacablemente, hasta llegar a un ultimátum: —Si confiesas, te perdono y no te despediré. Así que Elvira admitió ese crimen que no había cometido y yo me sentí fatal. Había asistido al interrogatorio desde el pasillo y sabía que debería haber intervenido, pero no lo hice. El fin justifica los medios, me dije y, dadas las circunstancias, decidí rehabilitar el estatus ontológico de los huérfanos de la Iglesia. Lo hacía por ellos: enfangar a los pobres para dar a los pobres. Pero, en ese momento, me encontré metida en un enorme dilema: ¿debía seguir robando la calderilla y provocar el despido de Elvira, con su indemnización de panetone de marca, o poner fin a los robos y hacer peligrar mi premio? Evalué la situación atentamente. Si mi madre la despedía y contrataba a otra mujer, solo para encontrarse otra vez sin calderilla, ¿encauzaría sus sospechas hacia otra persona? ¿Me expondría a semejante riesgo? Pensé que, si dejaba las cosas como estaban, quedaría claro que Elvira había sido la ladrona y que, afortunadamente, había aprendido la lección y eso. Cosa que mi madre no se cansaba de repetirnos, ni a mí ni a ella. Cuando Elvira nos abandonó, al final, por voluntad propia, se aseguró de robar el dinero directamente del cajón de mi padre. Un fajo de billetes. Mucho respeto. En todo caso, yo seguía teniendo el problema de dónde conseguir más calderilla. La reflexión me provocó dos días de fiebre falsa, porque no podía presentarme en la escuela sin mi óbolo. Luego, al tercer día, llegó la iluminación: ¡el frasco de las donaciones! Me sorprendió que a nadie se le hubiera ocurrido en todos esos años. Volví a clase y esa primera mañana me salté la donación, pero, al final de la tarde, cuando me quedé en el colegio esperando a entrar a la clase de gimnasia artística a la que asistía los jueves por la tarde, regresé a hurtadillas al aula, abrí el armario, saqué el frasco, eché su contenido en un par de medias, guardé el frasco y volví al gimnasio. Al día siguiente, la maestra Devota nos esperaba en clase con su habitual palidez catecúmena, que se había teñido de un tono antracita. El frasco vacío señoreaba el centro del escritorio del profesor, irradiando una sensación de amenaza en el aire. —Alguien ha decidido hacer llorar a los huérfanos de la Iglesia —afirmó la docente—. Pero no dejaremos que se salga con la suya. Esa mañana rezamos durante mucho tiempo al Niño Jesús para que nos señalara el camino, pero también al culpable. El aula vibró con un terror sólido. No tengo idea de cómo debieron de ser esos largos minutos de oración para el niño judío. ¿Sentiría sobre él la acusación silenciosa de la maestra?, ¿su posible transformación en chivo expiatorio? Pero, afortunadamente, nada de eso ocurrió. Parte del dinero de las donaciones se reemplazó con lo que nuestros padres nos habían dado para una excursión al Museo Etnográfico Pigorini. Así que nos quedamos para siempre sin saber todo lo que tenían que decirnos los olmecas y los totonacas. El resto siguió llenándose gracias a los ayunos diarios de Vania y a mis nuevas ofrendas, realizadas con las antiguas ofrendas, según un principio de circularidad kármica que podría haber tendido al infinito. Y, por fin, llegó el día de la entrega de premios, y después de recibir los dos cuadernos y el bic azul habituales, esperaba ansiosamente el anuncio. La maestra Devota jugó la carta del suspense al recordarnos la terrible atrocidad que había ocurrido ese año y nos pidió que reflexionáramos en lo más profundo de nuestro corazón sobre la gravedad del asunto. Luego pronunció el nombre, ese nombre, ese nombre de los cojones: Vania Millefoglie. Partí el bic en dos.

El UniversalEl UniversalVeronica Raimo13 sept

“Las moralejas de muchas fábulas eran domar a la mujer”: Gabriela Jauregui

Una pareja de extranjeros llega a vivir a una casa en algún rincón del campo mexicano para hacer realidad su sueño de vivir lejos del ajetreo de la ciudad, de las pandemias que acechan el mundo y de un historial de adicciones. Las cosas transcurren con placidez hasta que en sus planes de cosechar vegetales, criar gallinas y borregos irrumpen el mal tiempo, los depredadores y una zorra que acecha a todas horas. Pronto, aquel anhelado proyecto de vida sustentable se vuelve inalcanzable, mientras que las frustraciones y el letargo cotidiano termina por agrietar esa relación, principalmente cuando, de la nada, una extraña joven toca a sus puerta y decide quedarse. Escrita a manera de fábula contemporánea, Zorra (Sexto Piso, 2026), de Gabriela Jauregi , explora la frontera entre “la civilización” y lo salvaje, los deseos y violencias que en una relación pueden llegar a despertarse en situaciones extremas, así como la fuerza de la naturaleza, siempre impredecible. En entrevista , la poeta , editora y autora de la novela Feral (Sexto Piso, 2022), ganadora del Premio Nacional de Bellas Artes Colima 2023 , habla sobre la construcción de esta fábula de la desdomesticación, como ella lo define. En la novela se menciona como trasfondo una pandemia, guerras, ¿La pandemia de Covid fue un detonante de esta historia? Sí, está ese contexto. El tiempo se hizo muy raro con el encierro . Claro, no todo el mundo se quedó encerrado, mucha gente tenía que ir a trabajar sí o sí y la vida seguía igual , como que habían tiempos paralelos corriendo. Luego, a muchos nos pasó que ahora tenemos que marcar el tiempo en pre pandemia y post pandemia. En fin, la pandemia hizo cosas muy raras con el tiempo y con la sensación de que todo pasaba muy lento o muy veloz; las relaciones humanas cambiaron durante el encierro; escuchamos también de las violencias o hubieron momentos de esperanza en los que decíamos: ‘Ay, mira, volvieron los delfines a los canales de Venecia, volvieron los cacomixtles en el parque’. Todo eso está en esta novela. ¿Es una fábula contemporánea de dos seres urbanos buscándose en la naturaleza? Sí, tal cual. ¿Te acuerdas del cuento “El ratón de campo y el ratón de ciudad”? Pues estos son los ratones de ciudad que se encuentran con una ratona de campo (risas). Mi objetivo sí era lograr esta sensación de fábula contemporánea. Al principio hay esta imagen bucólica de la naturaleza y conforme avanza la historia, la pareja va enfrentando la hostilidad del entorno, ¿había esa intención de romper con esa imagen idílica que uno suele hacerse de la naturaleza? Sí, aunque al principio no sabía qué tanto iba a romper con eso. La intención era hablar de ese lugar intermedio, incómodo en el que hay cosas de “la civilización ” y cosas de lo salvaje que están en fricción, como un espacio fronterizo. Un rancho, una granja es un espacio fronterizo donde se empieza a domesticar lo salvaje. ¿Qué pasa allí cuando te confrontas con la naturaleza ?. Ya no son como las pinturas de naturaleza que pinta el protagonista varón. Es muy bonito ver la naturaleza en una pintura, en una foto, pero a ver, enfréntate a ella. O, a veces, pensamos en lo rico que son los jitomates orgánicos de la granja, pero a ver, siémbralos, hazlos crecer, que salgan ricos, que no les caiga una plaga. Todo eso está ahí, esas fricciones de enfrentarse con la realidad de lo que es el campo , donde siempre estás en fricción con los elementos, si llovió o no, si granizó y todo se chingó. Todo el tiempo hay algo que está completamente fuera del control humano. Y eso es al mismo tiempo durísimo y maravilloso. ¿Cómo se construyó el personaje de la Visitante, que tiene una presencia un poco fantasmal? Es un personaje que yo quería que irrumpiera en el orden de las cosas. Además, es un personaje que existe en la literatura, en las historias, en los mitos, casi desde El hijo pródigo bíblico. Una referencia muy directa para mí fue la película Teorema , de Pasolini , en la que llega un visitante; hay otra película que se llama Mother! , de Darren Aronofsky , en la que también una persona llega a una casa y hace un desastre. Estos visitantes a veces restablecen el orden y a veces imponen el caos. Yo tenía muchas ganas de explorar esa figura y aquí, en un inicio, no sabía bien qué iba a pasar, sabía que venía a romper con la cotidianidad de esta pareja y yo pensé que iban a pasar ciertas cosas, pero pasaron otras. Entonces, incluso vino a romper el orden de lo que yo imaginaba para esta novela. Es muy bonito cuando los personajes hacen eso. ¿Y cómo se relaciona la zorra con esta visitante? Da la sensación de que, de pronto, se fusionan. Tuve mucho cuidado de hacer ese espejeo , que no quedará para nada claro. No diría que una es la otra, si no que hay un espejeo. No es necesariamente un desdoblamiento, pero me gusta que cada quien lo interprete como quiera. De hecho, la zorra llega antes que la visitante y eso viene a romper con todos los planes de la mujer de criar gallinas, de tenerlo todo muy bonito y ordenado porque la zorra está todo el día dando lata; ella se obsesiona con eso y de pronto llega la visitante y se encarga del animal. Además, al igual que estas figuras de visitantes en la literatura, hay mil fábulas y mitos en distintas tradiciones por todo el mundo que incluyen zorros o zorras. En todos los casos, son muy desobedientes, hacen travesuras o son muy ingeniosos. Desde mi primer libro de cuentos ( La memoria de las cosas , Sexto Piso, 2015) estoy obsesionada con los zorros. Ahí hay un cuento de una zorra que habla. Desde que escribí eso me quedé pensando en la zorra y con ganas de seguir muchísimos mitos, historias y fábulas que tienen que ver con ese animal. Incluso la novela está organizada siguiendo las partes anatómicas del animal… Sí, yo quería hacer capítulos muy breves y un día platicando con una amiga escritora me sugirió que hiciera eso, entonces decidí que partiría desde la parte de arriba de las zorras, las orejas, y voy recorriendo el cuerpo hasta llegar a las partes traseras y todo eso tiene que ver con el relato. La relación de la pareja en tu novela hace pensar sobre el confinamiento y hasta dónde puede llegar el hartazgo de uno por el otro Sí. No sé si te acuerdas, pero al final de la pandemia salieron toda clase de estadísticas sobre cuántas personas se separaron o se divorciaron. Entre gente conocida también hubo muchas parejas que se reconfiguraron. Y era muy interesante pensar qué pasa cuando estamos encerrados con una persona, aunque la adores, la ames y sea tu sol y tu luna, pero después de millones de horas juntos empiezas a fijarte que detiene el teléfono de una manera y te molesta porque, en realidad, en nuestra vida cotidiana, no pasas tanto tiempo en compañía de alguien. Yo sí me ponía a pensar cuánto tiempo hacía que no pasaba tantas horas seguidas con alguien, con las mismas personas desde que yo era niña. Las relaciones durante el encierro fueron una cosa muy loca, la situación nos obligaba a estar ahí como en una obra de teatro de terror por más que amaras a las persona con quien estuvieras. Además, como también sabemos, las estadísticas de violencia contra las mujeres y en contra de los niños subieron brutalmente en el encierro, lo cual fue una cosa muy preocupante. Hay también presencia de otros seres animales que cobran importancia, las arañas, las gallinas, los borregos… Algunas de esas son cosas como que me pasaron a mí. En la pandemia, en la ciudad, empezaron a aparecer un montón de arañas en la cocina. Me di cuenta que era una temporada de arañas. Con mis hijas les poníamos nombres, Filomena o no sé qué. Era una cantidad de arañas que, al principio, fue desagradable, pero luego vimos que se comían a los mosquitos y eran lo máximo, hacían unas telarañas bien locas. El borrego que se comen los perros , le pasó a mi vecino, los perros bajaron del monte y lo desollaron, horrible. Había cosas reales de mi experiencia en el campo que están ahí metidas. En el campo, esas cosas también se leen como presagios de algo bueno o malo. Y es maravilloso el poder de observación que tenían y tienen muchas de las culturas que siguen arraigadas a sus costumbres y a sus formas de ver el mundo, saben observar muy detalladamente la naturaleza y saben que, por decir algo, si este año no llega tal insecto o animal es porque no va a llover. Tienen una sabiduría muy arraigada respecto a la observación de la naturaleza y de sus ciclos, sus desequilibrios. Llevan siglos observando arañas, contando historias de arañas, saben que si llegaron bien y si no, o si llegaron demasiadas, preocúpate porque hay un desequilibrio en algo. En fin, todo está conectado y esa forma de mirar el mundo que, a muchos, no a todos, se nos ha olvidado, es algo que pienso que es urgente rescatar. ¿Qué función tendría la imaginación en revalorar esos universos naturales, el campo, cuando desde la ciudad se nos olvida a veces su existencia? Yo recalco mucho que no todos lo olvidaron, mucha gente no solo no los olvida, los defiende poniendo su vida en riesgo. Por eso, al final, agradezco a las personas que se han aferrado a ese arraigo, a ese amor por la naturaleza y que la defienden con la propia vida porque creo que sin ellos, nosotros que vivimos en la ciudad o que no crecimos así, nuestra vida no sería posible. Es gracias a ellos que podemos seguir viviendo todos. Creo que es urgente poner atención a ellos y contarlo de mil maneras, que esté presente y se cuente de mil maneras distintas. Esta es una de muchas. En las fábulas hay siempre una moraleja, ¿cuál sería la de esta? Pues, justo lo que quería hacer es una fábula antifábula . No sé cuál es la moraleja . Creo que, tradicionalmente, las moralejas de muchas fábulas eran domar a la mujer específicamente. No todas, pero muchas sí. Caperucita desobedece, se la come el lobo. Alguien desobedece y la bruja la mata; la mujer desobedece al orden establecido, se mete en problemas. Hay, además, una corriente subterránea del deseo de la mujer, que es la que la mete en problemas o por desobedecer a lo que tendría que ser su deseo. En este caso está la antimoraleja: ¿qué pasa cuando el deseo se desdoméstica, cuando desobedecemos al orden?

El UniversalEl UniversalAbida Ventura13 sept

“Acapulco es un paraíso a costa de la gente que vive en las periferias”: Brenda Ríos

Para la escritora Brenda Ríos (1975), Acapulco , el lugar donde nació y pasó su infancia, “está más cerca de la tierra que del cielo azul y despejado”. Un paraíso y un infierno al mismo tiempo. De niña, desde su casa familiar, cerca de playa Caleta , veía llegar las hordas de turistas chilangos de clase trabajadora ansiosos de gozar la arena y el mar, muchos de ellos por primera vez en su vida. El rastro de basura que dejaban a su paso parecía terminar de sepultar aquellos destellos del glamour que entre 1940 y 1960 hizo brillar al puerto. Mientras tanto, a kilómetros de esa popular playa, comenzaba a levantarse una especie de fortaleza con mansiones habitadas por políticos, estrellas de televisión y cantantes como Luis Miguel , uno de los principales promotores del impulso turístico del puerto hacia 1980 y 1990. Ese nuevo esplendor, sin embargo, se concentró en enclaves exclusivos. La gente de a pie siguió viviendo al día, prestando servicios, dedicándose al comercio de cualquier cosa, habitando pequeñas casas Infonavit diseñadas con una arquitectura hostil , sin aire acondicionado ni acceso a la brisa del mar. Esas imágenes discordantes toman forma en Sweet Acapulco. Crónicas y divagaciones del último paraíso en la tierra (Debate, 2026), una serie de relatos en los que Brenda Ríos pinta a ese puerto lejos de la postal del edén tropical y más cerca de un western . “Un western absoluto, sangriento, jocoso, libidinoso, con vista al mar. Con pistoleros a sueldo. Sicarios pubertos dispuestos a morir por un pago de dos pesos. Una película de Tarantino con un Frank Sinatra al fondo: seductor, manipulador, dueño de todo. Y al final, alguien, no se sabe quién, da la orden de incendiarlo todo”, escribe la autora en el prólogo del libro. En entrevista, Brenda Ríos habla de la constante contradicción que define a este puerto, concebido como un paraíso turístico que oculta profundas desigualdades sociales, violencia y una vida cotidiana precaria para sus habitantes. ¿Cómo concebiste esta serie de crónicas? Tenía unos textos aislados, que son los más antiguos del libro y que son estas postales tan contradictorias. Yo le había llamado originalmente Cuarto con vista , que era como imaginar que le estoy explicando a alguien qué es Acapulco . Porque me pasa una cosa con mis amigos chilangos, ya llevo aquí más de la mitad de mi vida, pero uno tiene que explicar siempre su lugar de origen por todos los lugares comunes, entonces, yo me lo he pasado en las cenas explicando que Acapulco no es así como creen. Entonces me puse a hacer esta serie de textos, a partir de lo que para mí es Acapulco. Hay unas cosas donde se estira un poco la liga. Sí está el mar, pero también la tanqueta militar. Ese tipo de cosas que se ven en la prensa y pasan desapercibidas para el ciudadano común porque se acumulan las tragedias y uno no tiene tiempo para ponerles atención como la playa en Semana Santa llena, con militares resguardando a los turistas, o aquella foto de unos turistas canadienses, hace 3 o 4 años, que están en una playa tomando cerveza y hay un cuerpo al lado. Este libro surge de ahí. Hablo también de cosas que parecen exageradas, pero no lo son, como cuando vivía en Acapulco y empezaba a publicar, mientras estaba haciendo una traducción en verano, hacía un calor tremendo que si me quedaba en la cama acababa empapada, me levantaba y la cama quedaba empapada de sudor. Te tienes que bañar tres veces al día. Suena exagerado, pero uno no vive siempre con aire acondicionado. Todo el mundo cree que Luis Miguel es mi vecino. No, Luis Miguel no vive ahí. Vive en Miami o en Los Ángeles. La gente de dinero no vive ahí , usan Acapulco, lo explotan. Luis Miguel fue uno de los principales promotores del centro comercial más grande, con tiendas donde las camisas te costaban entre tres y cinco mil pesos. ¿Qué ciudadano de clase media o trabajadora de Acapulco va a poder ir? Son estos enormes contrastes que suceden en todos los paraísos turísticos, a costa de la gente que vive en las periferias, que a veces no tienen acceso al mar, ni siquiera brisa. Por ejemplo, hay un Infonavit en Caleta cerca de la playa, pero las casas están construidas en bajadas, con escalones. Es casi un atentado porque son casas de interés social y no ves el mar , solo lo escuchas y no entra ni brisa. A las dos de la tarde con ese sol calcinante tienes que prender la luz. Tú dime si eso no es arquitectura hostil. ¿Fue un paraíso ideado para turistas y para gente rica? Claro. Yo crecí en los años 80 y me tocó ver llegar a los turistas más humildes porque mi casa está a siete minutos de Caleta. Llegaban camiones y camiones, llenaban la calle de basura y yo de niña me escandalizaba, le decía a mi papá: “pero es que vienen y solo echan basura” . Y él me puso una regañiza que nunca se me olvidó: “Tú no sabes lo que esta gente ahorró. Esta es la persona que es el zapatero, la empleada doméstica, que ahorró un año de su vida para poder venir y conocer el mar”. Claro, yo solo me fijaba en lo feo, en lo sucio, pero era verdad. Estamos hablando de un relato de clase. Yo diría, siendo exagerada, que es muy lo mío, que ocho de cada diez ciudadanos de la Ciudad de México y del Edomex conocieron el mar, gracias a Acapulco. Mencionas que Acapulco no tiene una actividad económica con tanto arraigo, como la tendrían otros lugares, agricultura o artesanías…¿Cómo se ha formado la identidad de Acapulco? ¿Qué es lo que los define, cuáles son sus tradiciones? La identidad acapulqueña siempre ha sido complicada. Hay un libro maravilloso de Ricardo Gariba y y otro de María Luisa Puga donde se la pasan explicando qué es Acapulco, igual que yo. Creo que hay una relación con lo del pícaro playero, que está muy bien explotado en Simbad el mareado , de Tin-Tan . Sobre la actividad comercial primordial, Acapulco era un puerto pesquero como muchos otros. Hay todavía zonas muy parecidas a como era ese Acapulco, pienso en Playa Ventura , que es la Costa Chica de Guerrero y es la frontera con Oaxaca. Ahí la gente todavía tiene su enramada y de eso vive. Así me imagino Acapulco en esta especie de pre paraíso construido en los años 40. Era un pueblo costero al que, de repente, llegó una banda de gringos a poner negocios con permiso, por supuesto, de las autoridades locales. Si me preguntas cuál es la actividad comercial de Acapulco, es el comercio y los maestros de educación básica de la SEP. Y la única actividad tradicional por la que el puerto se para y por la que los maestros no regresan a trabajar, son los jueves de pozole. Antes se acostumbraba que esos jueves de pozole se hicieran show trasvesti. Identidad como tal, creo que hay una parte del carácter acapulqueño que es a la vez encantador y a la vez abusivo, en algunos casos, como el que te ofrece un servicio turístico. No sé qué fue primero: si el chilango que llega y educa al acapulqueño para agandallar al otro o fue una combinación muy extraña porque son bien listos, a veces abusivos; también está el encantador y maravilloso que te dice: “Mi reina, regresa cuando quieras, aquí te abrazamos”. Creo que hay todavía una imagen del Acapulco bonito, pero ¿cómo viven la realidad quienes habitan allí, el que presta servicios y que también tiene que pagar derecho de piso? Pues es una cuestión muy dura porque, en realidad, Acapulco vive al día . Los taxistas, los urbaneros, la gente que se dedica a servicios de transporte, colectivo o privado, vive al día. Los demás, los meseros, los que te rentan la sombrilla, todos viven de propinas. La propina es un tema impresionante en los puertos. También por eso puedo entender el abuso, porque en dos días de Navidad o dos días de Semana Santa quieren sacar para los meses siguientes. Entonces todo eso ha sido un golpe muy duro. Cuando todavía vivía allá en Acapulco, había dos millones de habitantes, ahora hay una disminución de la población, entre la violencia organizada , el huracán ..., hay una población menor a un millón 400 mil personas. Todo lo que ha pasado recientemente es tremendo porque se vive al día y de manera muy arriesgada. A veces no sé si eso también influye en que los acapulqueños tengan esta forma de vivir que, sin generalizar, también se ve en el Caribe: vivir de manera arrasadora, como diciendo “vamos a celebrar hoy porque es lo que hay” . Son contradicciones: vivir en situaciones de riesgo y, al mismo tiempo, aceptar el destino como si fueran personas realmente optimistas. ¿Cómo ha reconfigurado el crimen organizado esa forma de vida? Todo está situado ahí. El restaurante que está cerca de mi ex casa lo quemaron dos veces, ha habido balaceras allí, sigue sin abrir desde la última vez que lo quemaron, hace dos años. Hay un lugar que, cuando yo era chica, la gente mayor iba a bailar: el Copacabana . También lo han quemado, se ha reconstruido varias veces. Eso reconfigura todo porque ya nadie va a poner un negocio en esa situación. Fui hace poco al Puerto de Veracruz, que fue asolado por los zetas, casi, casi destruido, pero en tres años se levantó. Vas a Boca del Río y te dicen: “aquí escribió Fernanda Melchor”. Es ya como una atracción turística. Veracruz se reconstruyó. Mazatlán sigue en pie. Con todo lo que implica la cercanía a Culiacán, todavía hay una vida diurna posible, incluso nocturna, en ciertas zonas; hay franjas horarias para poder salir. Acapulco, desde hace 10 años, sobre todo la zona tradicional que es la que me compete, está en toque de queda. Antes ibas al Zócalo y estaban las señoras vendiendo pan de Chilapa , ahora ya dejaron de trabajar ahí. Hay una o dos, pero están en el día. Ya no hay nadie en la tarde. Imaginate que antes de Otis llevábamos diez años con problemas de electricidad y fugas de agua. CAPAMA (la comisión local de agua potable y alcantarillado) es una institución completamente corrupta. Entonces, la extorsión y la falta de gobernabilidad hacen una combinación muy complicada. Ves a la población común y corriente en una situación, básicamente, un nivel más arriba de la indigencia. Incluso hay maestros que desde hace años, en Navidad o en días de quincena, tienen que pagar extorsión, su derecho de piso, porque están boletinados. ¿Ves en el panorama alguna posibilidad de poner orden? No, eso es lo que rompe el corazón porque Guerrero es tan volátil. Si llega mano dura, en el sentido de políticas que realmente combatan la violencia, se va a poner feo; si llega mano suave, va a seguir igual. Además, ahora estamos con el caso de los desplazados en la montaña. Hace poco, los cárteles desplazaron a pobladores de una comunidad con drones. Hay esa lucha entre cárteles y la población vive arrinconada. Hay un éxodo, una diáspora interna que vuelve complicado todo. Sobre la función de la crónica, ¿qué importancia le das frente a los relatos breves y efímeros que tanto abundan actualmente? Cuando se publicó el libro, me dio un poco de culpa , porque cuando escribes siempre te da culpa lo que faltó o lo que le sobró. Yo pensaba que quizá tenía que haberle metido más datos duros o que le hizo falta más seriedad periodística, pero bueno, no soy periodista. Yo creo que lo que te da la crónica es que puedes decir algo a ras de banqueta, a ras de la playa desolada, a las 9 de la noche, qué hay y qué no. Por ejemplo, una vez tuvimos una lectura de poesía con unos amigos en un cafecito chiquitito y un amigo poeta llevó la bocina de la escuela donde trabaja su mamá. Saliendo de ahí, no teníamos a dónde ir a tomar o cenar algo, nos fuimos a la playa. No había nadie, eran las 9 de la noche. Teníamos que ir a un baño público y era un espacio muy extraño, coptado por hombres que no sabes si trabajan ahí, si son estibadores, pescadores o qué. Yo dije: “ya me voy a mi casa”, pero sales, te subes a un taxi y rezas porque es la única persona que va a pasar en las siguientes dos horas. Creo que eso te permite la crónica , que yo te pueda contar cosas que vi o viví. No soy una corresponsal de guerra, simplemente soy una corresponsal del sitio , contar cómo timaron a la persona de la mesa de al lado o del buzo feliz porque pescó algo, ese tipo de cosas que completan el cuadro de lo que lees en las noticias.

El UniversalEl UniversalAbida Ventura13 sept

Caos en el AICM por cancelación de vuelos Air France; anuncian facilidades para afectados

Ante cancelaciones de vuelos de Air France debido a las lluvias , el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México ( AICM ) anunció facilidades a las operaciones de salida de dicha aerolínea. A través de X, el Aeropuerto detalló que estas acciones se darán a lo largo de la tarde y noche del domingo 13 de septiembre con el fin de proteger a las y los pasajeros afectados. "Lo anterior, en coordinación con las autoridades y la aerolínea, con estricto apego a la normatividad y privilegiando en todo momento la seguridad operacional", agregó. Usuarios denuncian cancelación de vuelos En redes sociales circulan videos donde usuarias y usuarios están alrededor del mostrador de Air France denuncian la presunta cancelación de su vuelo por segundo día consecutivo. "Diles a todos qué vamos a hacer. Es que no es una solución. Tú nos tienes que decir 'El avión llega en una hora y media', le comentó una pasajera a uno de los empleados. El pasado 11 de septiembre, por la precipiación registrada en la capital del país, el Aeropuerto Internacional "Benito Juárez" suspendió de forma temporal despegues y aterrizajes de aviones para mantener operaciones seguras. Al final, 48 operaciones fueron afectadas, de las cuales 43 vuelos de llegada fueron desviados a aeropuertos alternos y cinco vuelos de salida fueron cancelados, afectando a 7 mil 707 usuarios. Llevo 24 horas en el aeropuerto sin una respuesta de porqué nuestro vuelod e Air France no sale... hasta ahora solo nis dicen que está en retardo pero no dan respuesta ni de horarios, ni de soluciones desde ayer. @AirFranceFR @AICM_mx @lopezdoriga pic.twitter.com/A6Zyph6xh0 — katt gonzales (@kattgls) September 12, 2026 Te puede interesar Marina blinda el AICM contra tráfico de mercancías; decomisa más de 160 toneladas de tabaco y millones de cigarrillos en 2026 Hay alerta amarilla por lluvias fuertes y granizo en toda la CDMX; se esperan rachas de viento superiores a los 50 km/h Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más dft/bmc

El UniversalEl UniversalDiego Flores Téllez13 sept